Foto: Bernd MayrEn todo caso, los psicoanalistas asocian diferentes procesos psíquicos a las prácticas sadomasoquistas: a veces hablan de un superego riguroso, es decir, de una dimensión normativa de nuestro psiquismo que generaría un sadomasoquismo interno, intrapsíquico. Una parte de nuestra personalidad intentaría controlarnos, a veces de forma implacable. Pero en otros casos, los psicoanalistas destacan que la agresión se asocia al sadismo cuando se dirige hacia un objeto externo y al masoquismo cuando se dirige contra uno mismo. También suelen hablar de regresiones o de fijaciones a una fase anal del desarrollo psíquico y, aunque hoy resulte polémico, el psicoanálisis -siguiendo a Krafft-Ebing- asoció el masoquismo a la feminidad y el sadismo a la masculinidad, en unos términos que también se han vinculado a unas tendencias activas y pasivas, que no coincidirían necsariamente con el género.
En todo caso, el psicoanálisis propuso una teoría de los instintos basada en la existencia simultánea de pulsiones de vida y de muerte. Es decir, nuestra vida psíquica estaría pautada por la existencia de pulsiones instintivas contrapuestas que nos constituirían en un campo polarizado entre el sol y la sombra, entre eros y tánatos, entre las pulsiones de vida y las de muerte, y en esa dialéctica se suele asociar el sadomasoquismo con la sombra, con tánatos, con la muerte. Pero debemos avanzar con prudencia: sufre el que va a morir no el que ya ha muerto y sufren los que sobreviven. Decir que el sufrimiento está asociado a la muerte es una metonimia que designa una cosa con el nombre de otra: llaman muerte al temor a perder la vida; y lo que duele es la vida. Es la vida la que trenza el placer y el dolor. Incluso cuando se está pariendo con placer o con anestesia la palpitación del dolor acompaña el milagro. Como dijo Buda en el sermón de Benarés la causa del dolor está en el anhelo de placer, en el anhelo de existir, en el anhelo de prosperidad… Esperamos que algún dios misericordioso nos haya evitado más sufrimientos en la otra vida, porque en ésta estamos condenados a que cada placer vaya acompañado de su sombra y la vida acompañada de la muerte.
En algunos paises cortan la carne o el pescado de modo que nunca pueda reconocerse al animal muerto, que no puedan distinguirse sus ojos, sus aletas, sus pies, sus testículos; el producto se sirve en forma de rectángulos o de filetes, y en todas partes separan los mataderos de los restaurantes, de modo que podamos alimentar la ficción de nuestra inocencia.
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