Foto: Spencer Tunick (ampliar pinchando sobre la foto)Filosofía en la mazmorra: nota 8
Dionisio y Hades son un único y mismo dios.
Heráclito
No es fácil interpretar la ley del deseo, sus causas subyacetentes, sus dimensiones bestiales o sobrehumanas... Al parecer, para adentrarse en esos territorios es conveniente, de entrada, distinguir entres instintos y pulsiones. Los instintos producirían reacciones automáticas ante un estímulo mientras las pulsiones podrían moldearse y evolucionar a lo largo de nuestras vidas. Los instintos constituirían constantes en nuestro comportamiento, las pulsiones constituirían variables. Los instintos acabarían siendo explicados por alguna proteina de producción genéticamente determinada, mientras las pulsiones se perderían en el misterio de los comportamientos inducidos por proteinas sintetizadas sin determinación genética conocida. Esa podría ser la última visión de un científico renacentista: un mar de proteinas de origen desconocido en el que se unifican todos los lenguajes humanos.
No creo yo que las causas de nuestros deseos vayan a conocerse pronto, pero entre los exploradores de esa frontera hay incluso personajes que se reclaman de la ciencia. Y tal vez Freud haya sido el primero que tuvo el atrevimiento de proponer un sistema de coordenadas para cartografiar el universo psíquico, con una teoria pulsional que modificó varias veces a lo largo de su vida, pero manteniendo siempre un esquema polar, en el que dos impulsos contrapuestos mantenían el dinamismo psiquico.
La primera polaridad formulada por Freud proponía, hacia 1905, distinguir entre pulsiones sexuales y de autoconservación, y más tarde entre pulsiones sexuales y pulsiones del yo. Pero sobre todo, en 1920, publicó Más allá del principio del placer una obra que introdujo un cambio en su pensamiento, casi una ruptura. En esa obra Freud identificaba la existencia de dos grandes principios contrapuestos: las pulsiones de vida y de muerte, Eros y Tánatos. Así, después de miles de años resonaban las antiguas advertencias sobre la relación que existe entre el placer y la muerte, entre el amor y el infierno. Las grandes diosas del neolítico ya era diosas del amor y de la muerte, y Heráclito nos había advertido que Dionisio y Hades eran un único y mismo dios. Eros y Tánatos debían formar parte de su santoral.
Pero Freud aspiraba a la racionalidad, e intentó acallar las resonancias míticas de su teorías pulsonial. Propuso un principio del placer vertebrado por la sexualidad y orientado a "disminuir la excitación anímica". Con sus propias palabras: "Hemos resuelto relacionar el placer y el displacer con la cantidad de excitación existente en la vida anímica (...) correspondiendo el displacer a una elevación y el placer a una disminución de tal cantidad" (1). Su lenguaje se plegaba pues a las querencias cuantitativas de las ciencias físicas sin dejar de ser inquietante, ya que la máxima disminución de la excitación anímica debiera coincidir con la muerte biológica. Y eso situaría a Freud en compañía de unos autores -de Santa Teresa de Jesús a Georges Bataille- que en algún momento han sospechado, en palabras del propio Freud, que "la meta de toda vida es la muerte"(2).
De acuerdo con esta linea argumental, la evolución sería una perturbación, o el efecto de influencias perturbadoras y nosotros constituiríamos anomalías, condenadas a la nostalgia del exilio y al deseo de regresar a la vida inorgánica. Nuestras pulsiónes dotarían de alma al segundo principio de la termodinámica que impulsa la nivelación de todos los sistemas hacia la muerte térmica. El pecado estaría en la creación, en el hecho mismo de existir, y la festividad de los muertos no celebraría su deseo de resurrección sino nuestro deseo de desaparecer abrazados a la tierra, nuestro deseo de dormir, nuestro deseo de morir.
la multitud de hombres y mujeres que quieren vivir arruinan la verosimilitud de esa hipótesis, y el psicoanálisis necesita recurrir a argumentos resbaladizos para sostener sus afirmaciones. Se llega a argumentar que bajo los instintos de conservación subyace una pulsión inconsciente que estimula un camino personalizado hacia la nada; buscaríamos el final pero no cualquier final sino el que nos corresponde, y nuestros esfuerzos por sobrevivir no serían más que intentos de morir sin cortocircuitos, sin atropellos, de acuerdo con nuestra propia naturaleza. Se entiende la desesperación de cualquier positivista ante este tipo de hipótesis que postulan una significación subyacente de los hechos contraria a la conducta observable de los sujetos y a sus valores declarados. El significado no sólo sería distinto, sino contrario al sentido de las observaciones. Karl Popper, que no es conocido por su sentido del humor, acabó proponiendo la expulsión de los psicoanalistas de la confederación de los gremios científicos.
(1) Freud, S. (1920), Más allá del principio del placer, pàg. 2
(2) Freud, S. (1920), Más allá del principio del placer, pàg. 24
2 comentarios:
El psicoanálisis empieza en freud pero no acaba en Freud.
Nuestros contemporaneos psicoanalisitas creo que no se quedaría en esa primitiva teoría pulsional, pero tampoco renunciarian del todo a ella, sino que la toman como base para seguir investigando en un inconsciente atemporal que nos habla de polos opuestos como motores de la energía que mueve el psiquismo. A esa energía se la dió el nombre de líbido.
Publicar un comentario en la entrada