miércoles 21 de enero de 2009

Religión y sadomasoquismo

Niño penitente duranta la Ashura. Libano (?), 2008
Foto: BBC Arabic.com


Filosofía en la mazmorra: nota 7

Seguramente podríamos clasificar las religiones por el tipo de placeres que promueven: por decir algo, podríamos diferenciar entre los placeres de Apolo y los de Dionisio, entre la sensualidad del chamán y la de la monja católica. Y desde esa óptica, sorprende la profusión de elementos sadomasoquistas existentes en casi todas las religiones. Incluso parecen ser predominantes, sobre todo si incluimos las grandes doctrinas monoteistas que rechazan la sexualidad no reproductiva, pero que a lo largo de la historia han exhibido sin demasiado recato la voluptuosidad del sacrificio. Su moderación actual, su "buenismo", su intento de disimular la crueldad de sus dioses bajo abstracciones teológicas parecen más bien influencias seculares y, en todo caso, esa evolución moderna no cancela ni niega el pasado.

A lo largo de los siglos han predicado la renuncia a los placeres terrenales y han atribuido méritos purificadores y formativos al dolor y a la sumisión. Y aunque un tabú tenaz y mil bibliotecas de teodicea intenten ocultarlo, es demasiado evidente que la disposición a aplicar castigos implacables se manifiesta en la mismísima divinidad: podemos discutir si ese padre es maligno, pero sin duda es sádico. Y sus cultos se fundan en algún sacrificio: la crucifixión de Jesús, el martirtio del Imám Hussein, o la opción ascética de Siddartha Gautama. El fenómeno es de una amplitud desconcertante, pero nos centraremos en las tradiciones bíblicas y cristianas simplemente porque nos resultan más familiares.

Del diluvio a Sodoma, de Abraham a Job, de la pasión de Cristo al cilicio de los cristianos, es difícil ser más cruel hablando tanto de amor. Una crueldad que no aceptaría ningún practicante del sadomasoquismo consensual aunque hoy, afortunadamente, hasta los practicantes católicos tienen la posibilidad de negarse y salir del juego. Un progreso a preservar, porque los tiempos cambian, pero la inclinación de la Iglesia por las soluciones sacrificiales se mantiene. Así, aún sin recurrir a la terrible mitología del Antiguo Testamente, constatamos que los votos que fundamentan la vida religiosa de los católicos -pobreza, obediencia y castidad- tienen un inequívoco contenido sacrificial. Y no hay que remover mucho en la litertura cristiana para hallar alguna justificación lapidaria, como la de Santo Tomás: "... se llaman religiosos por antonomasia aquellos que se consagran totalmente al servicio divino, ofreciéndose a Dios como holocausto» (Summa Theol., II-II, q. 186, a. 1), y no vayan a creer que se trata de una cita olividada en las bibliotecas conventuales: está extraida de una audiencia general de Juan Pablo II, del 26 de octubre de 1994. Ni vayan a pensar que sólo se preven sacrificios para las personas que han entrado en religión: enfrentándose a la opinión mayoritaria de la población y de la comunidad científica, nuestros católicos desaconsejan el uso de preservativos, afirmando que son "inseguros" y que la mejor solución contra las enfermedades de transmisión sexual y los embarazos no deseados es la castidad. Pero es obvio que los argumentos de fondo del catolicismo no se basan en la pretendida porosidad del condón, sino en la convicción de que el placer sexual sin autorización es inmoral, y que la primera tarea de un pastor es controlar la sexualidad de sus ovejas.


(1) "Datenschalg Chronicle of Sadomasochismus (DACHS)" Versión inglesa del 17 de julio de 2003. La crónica es actualizada regularmente y resume un original alemán de unas mil entradas. Ver: www.datenschlag.org/dachs/