Foto disponible en Wired. Militar posando ante un cadáver. Prisión de Abu Grahib, Irak, 2003Filosofía en la mazmorra: nota 6
La capacidad de sufrir o de hacer sufrir constituye uno de los recursos humanos básicos. Suele presentarse como algo inevitable: la sobrevivencia exigiría matar para alimentarse, someter para perpetuarse, aunque a veces parece que hemos hecho de la necesidad deseo, y ya no se trata sólo de una exigencia biológica o social, sino de una opción cultural o de una forma de placer.
A esta inclinación a sufrir o hacer sufrir la podríamos llamar sadomasoquismo, aunque no esté asociada al erotismo genital. Y visto así, debemos añadir de inmediato que el sadomasoquismo no es siempre difuncional ni exclusivo de las situaciones extremas, como la lluvia no es exclusiva de los huracanes y el rio no es sólo inundación. Y no se manifiesta únicamente en los campos de concentración y en las cárceles regentadas por el enemigo -por decir algo, en Matthausen- sino también en las que regentan los amigos -por decir algo en Abu Grahib. Ni aparece únicamente cuando se vulnera la ley o la moral: en la barricada más noble hay una capacidad de sufrir y de hacer sufrir que forma parte de la misma pulsión básica. En sus formas más adaptativas el sadomasoquismo parece acompañarnos desde siempre y casi siempre, impregna nuestra vida cotidiana con toda naturalidad: no distinguimos su presencia porque se confunde con la normalidad, especialmente con las justificaciones para el ataque o la rendición. Y esa inconsciencia nos protege de la lucidez vertiginosa del que percibe las dimensiones sociales del sufrimiento. A ese, por decir algo, le llaman enfermo.
No parece excesivo afirmar que el sadomasoquismo vertebra el conjunto de la vida social y condiciona sus manifestaciones. Estaríamos tentados en buscar ventajas adaptativas o sustratos biológicos en una pulsión tan frecuente. Recuerda a la glucosa en el metabolismo celular: aunque su sabor no siempre se distinga, su energía resulta indispensable para el funcionamiento del organismo, aportando combustible psíquico al matrimonio y a la familia, a la educación y a la cofradía, a la política y a la empresa, al ejército y a la religión. Por lo demás, nunca han faltado predicadores que insistan en la importancia de la entrega, de la obediencia, de la disciplina, del sacrificio, de la paciencia... y en la necesidad de respetar las jerarquías. Naturalmente, para los que no se sometan voluntariamente se han previsto algunas medidas. Sólo el sadomasoquismo puede ayudarnos a entender las bulimias y las anorexias de poder que plagan nuestra vida cotidiana, con efectos que afectan al común de forma a veces devastadora. Las indecencias de la burocracia financiera de ahora, como las indecencias de la burocracia comunista de antes, no serían posibles en una sociedad de hombre y mujeres sin pulsiones sadomasoquistas.
El bueno de Sade o de Sacher-Masoch sólo han supuesto una perversión en la medida en que propugnaban la ingesta de dosis altas de glucosa con pleno desprecio de la dietética, y sin atender a las necesidades de reproducir los sistemas de dominio y de sumisión. Eran un ejemplo de despilfarro y de desatino, en contraste con la buenas costumbres que nos han legado la iglesia y el ejército, siempre atentos a que el sacrificio de hoy no excluya el sacrificio de mañana. Siempre dispuestos a estimular nuestra resignación, reservando el momento de los excesos para cuando mejor convenga. Lo escandaloso de Sade es que transformaba un sistema de producción y reproducción en una farra agónica. La contención exige el dominio desapegado, la sumisión sin placer. Con las cosa de comer no se juega.
1 comentarios:
El sadomasoquismo placer y dolor,sometimiento y poder; en el tejido social, en la familia, las amistades,la sexualidad, atravesando las instancias vitales.
Expresandose, a veces, de forma tan desbordada que nos horroriza, y sin embargo es tan humano acercarse al placer del dolor y de la muerte...
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