Filosofía en la mazmorra: nota 4
Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Mateo 5, 27-28
Todas las culturas han regulado la vida sexual, como si nuestras tendencias instintivas pudiesen amenazar la convivencia y tuvieran que ser contenidas mediante el aprendizaje de normas y la amenaza de castigos, a veces feroces. Sólo la evolución histórica parece haber mitigado esos furores moralistas, aunque todavía hay ciertos paises que soportan costumbres abyectas como la ablación del clítoris, la lapidación por adulterio o el encarcelamiento de homosexuales. De hecho, todas las sociedades parecen haber surgido de un fondo oscuro de violencia que a veces se asocia al patriarcado. En todo caso, la primera huella conocida de nuestra educación sexual puede rastrearse hasta el Código de Hammurabi (del 1692 aC), esculpido en basalto porque aspiraba a ser permanente. Y ese código, que pretendía fijar equivalencias razonables ente castigos y delitos estableció que la mujer adúltera y su amante debían morir ahogados. Es decir, el Código de Hammurabi nos legó un curioso principio retributivo: ojo por ojo, diente por diente, y dos muertes por cada adulterio.
Esa inclinación por las penas de muerte no fue algo exlcusivo de la Babilonia de Hammurabi. Las religiones abrahámicas optaron por matar a los amantes, pero a pedradas, estimulando así la participación popular y nuestra Biblia recoge uno de los muestrarios más abigarrado de castigos mortales contra los "pecados de la carne". Con palabras de Leon Ferrari: "A pesar de que las tablas de Moisés ordenan no matar, en la Biblia se ordena matar con diversos procedimientos (pestes, fuego, lapidación, degüello) a los homosexuales y sodomitas (Lv 20,13 y Ro 1,32), a las muchachas recién casadas cuando se compruebe que no son vírgenes (Dt 22, 13-21), a la hija del sacerdote que comenzara a fornicar (Lv 21,9), a los hombres que copulen con bestias (Lv 20,15), a las mujeres que copulen con animales (Lv 20,16), al que copule con su suegra (Lv 20,14), con su hermana (Lv 20,17), con la mujer del hermano de su padre (Lv 20,20), con su nuera (Lv 20,12), a las adúlteras (Lv 20,10 y Dt 22,22), a la mujer que violada dentro de la ciudad no grite pidiendo ayuda (Dt 22,24), a los "fornicarios" (Ap 21, 8), a los judíos que copulaban con las aborígenes de la Tierra Prometida y a los hijos que nacieran de esas uniones (Jer 16,2)." Y lo más llamativo de este catálogo es que no condene ninguna práctica sado-masoquista. El dominio y la sumisión, el dolor y la crueldad parecen ser las únicas formas de voluptuosidad admitidas por los dioses abrahámicos, y en este àmbito están incluso dispuestos a tolerar experiencias fuera del matrimonio.
Los evangelios no derrogaron esa normativa aunque moderaran su furia. Aquí suelen citarse las palabras de Jesús a un grupo de exaltados que habían sorprendido a una mujer adúltera y provocaban a Jesús preguntándole cómo debía ser castigada. La respuesta se ha hecho célebre: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8, 1-11). Una respuesta inspirada que, sin embargo, no cuestiona la pena asociada al adulterio: señala que todos somos responsables de alguna falta y aconseja no juzgar (Jesús a la adúltera: "Yo no te condeno"), pero no propone modificar la ley, que continuará justificando a infames y energúmenos durante siglos: al final del Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, reaparece un verdugo con buena conciencia lanzando a fornicarios, incrédulos, hechiceros e idólatras a lagos de fuego y azufre. Mientras en nuestras sociedades la furia homicida ha persistido prácticamente hasta hoy, a la espera del apocalipsis, que es precisamente el paradigma de una solución final, la Endlösung.
Sin embargo, en la variante católica de este mito se han introducido unas ambivalencias que distraen de su lógica sanguinaria y enriquecen el relato: la mujer adúltera a la que se refieren los evangelios ha sido identificada como María Magdalena, y se ha supuesto que era la misma que, en otro episodio, lloró sobre los pies de Jesús, los limpió con sus cabellos y los ungió con perfumes. Una suposición que no tiene ningún soporte en los textos evangélicos: de la mujer que iba a ser lapidada sólo se nos dicen que era adúltera y de la que limpió los pies de Jesús que era "pecadora", el resto es ajeno a la letra de los evangelios, propio de la creación mítica; algunos heterodoxos suponen incluso que María de Magdala fue la esposa de Jesús. Ninguna institución cristiana admite esa extrapolación, pero la iglesia católica ha canonizado a la Magdalena y el común de los cristianos le reconocen un papel destacado en el drama de la pasión. No se cuestiona que estuviera entre las personas que acompañaron a Jesús en el momento de su muerte y atestiguaron su renacimiento. Tres evangelios canónicos la identifican al pie de la cruz y los cuatro la citan entre los primeros testigos, para Juan es literalmente la primera. Una mujer que debería haber sido lapidada es escogida, es santificada.
Es decir, se omiten los actos sádicos o masoquistas del listado de anatemas, y se destaca a una "pecadora arrepentida" entre los personajes centrales de la muerte y la resurrección de un dios. La cruz, que alzada contra el cielo podría recordar una espada, clavada en la tierra recuerda un falo sobre el que se produce el sacrificio que nos redime. Y el mito insiste en ese punto: la espada -o sea la cruz- está clavada en la tierra y sobre ella muere un dios. Una mujer preñada fuera de su matrimonio dio a luz a ese dios, y otra mujer adúltera atestiguará su resurrección. Una adúltera le vio nacer, otra adúltera le vio renacer, las dos amadas por distintos avatares del mismo dios, las dos mostrando distintos avatares de la misma diosa. Aquí se insinua algo más inquietante que la aceptación tácita de los comportamientos sádicos o masoquistas, aquí se insinua su carácter salvífico: salva el sacrificio, salva la entrega y no hay pecado en el adulterio si responde a la voluntad del señor o enriquece la entrega...
Continuará
Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Mateo 5, 27-28
Todas las culturas han regulado la vida sexual, como si nuestras tendencias instintivas pudiesen amenazar la convivencia y tuvieran que ser contenidas mediante el aprendizaje de normas y la amenaza de castigos, a veces feroces. Sólo la evolución histórica parece haber mitigado esos furores moralistas, aunque todavía hay ciertos paises que soportan costumbres abyectas como la ablación del clítoris, la lapidación por adulterio o el encarcelamiento de homosexuales. De hecho, todas las sociedades parecen haber surgido de un fondo oscuro de violencia que a veces se asocia al patriarcado. En todo caso, la primera huella conocida de nuestra educación sexual puede rastrearse hasta el Código de Hammurabi (del 1692 aC), esculpido en basalto porque aspiraba a ser permanente. Y ese código, que pretendía fijar equivalencias razonables ente castigos y delitos estableció que la mujer adúltera y su amante debían morir ahogados. Es decir, el Código de Hammurabi nos legó un curioso principio retributivo: ojo por ojo, diente por diente, y dos muertes por cada adulterio.
Esa inclinación por las penas de muerte no fue algo exlcusivo de la Babilonia de Hammurabi. Las religiones abrahámicas optaron por matar a los amantes, pero a pedradas, estimulando así la participación popular y nuestra Biblia recoge uno de los muestrarios más abigarrado de castigos mortales contra los "pecados de la carne". Con palabras de Leon Ferrari: "A pesar de que las tablas de Moisés ordenan no matar, en la Biblia se ordena matar con diversos procedimientos (pestes, fuego, lapidación, degüello) a los homosexuales y sodomitas (Lv 20,13 y Ro 1,32), a las muchachas recién casadas cuando se compruebe que no son vírgenes (Dt 22, 13-21), a la hija del sacerdote que comenzara a fornicar (Lv 21,9), a los hombres que copulen con bestias (Lv 20,15), a las mujeres que copulen con animales (Lv 20,16), al que copule con su suegra (Lv 20,14), con su hermana (Lv 20,17), con la mujer del hermano de su padre (Lv 20,20), con su nuera (Lv 20,12), a las adúlteras (Lv 20,10 y Dt 22,22), a la mujer que violada dentro de la ciudad no grite pidiendo ayuda (Dt 22,24), a los "fornicarios" (Ap 21, 8), a los judíos que copulaban con las aborígenes de la Tierra Prometida y a los hijos que nacieran de esas uniones (Jer 16,2)." Y lo más llamativo de este catálogo es que no condene ninguna práctica sado-masoquista. El dominio y la sumisión, el dolor y la crueldad parecen ser las únicas formas de voluptuosidad admitidas por los dioses abrahámicos, y en este àmbito están incluso dispuestos a tolerar experiencias fuera del matrimonio.
Los evangelios no derrogaron esa normativa aunque moderaran su furia. Aquí suelen citarse las palabras de Jesús a un grupo de exaltados que habían sorprendido a una mujer adúltera y provocaban a Jesús preguntándole cómo debía ser castigada. La respuesta se ha hecho célebre: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8, 1-11). Una respuesta inspirada que, sin embargo, no cuestiona la pena asociada al adulterio: señala que todos somos responsables de alguna falta y aconseja no juzgar (Jesús a la adúltera: "Yo no te condeno"), pero no propone modificar la ley, que continuará justificando a infames y energúmenos durante siglos: al final del Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, reaparece un verdugo con buena conciencia lanzando a fornicarios, incrédulos, hechiceros e idólatras a lagos de fuego y azufre. Mientras en nuestras sociedades la furia homicida ha persistido prácticamente hasta hoy, a la espera del apocalipsis, que es precisamente el paradigma de una solución final, la Endlösung.
Sin embargo, en la variante católica de este mito se han introducido unas ambivalencias que distraen de su lógica sanguinaria y enriquecen el relato: la mujer adúltera a la que se refieren los evangelios ha sido identificada como María Magdalena, y se ha supuesto que era la misma que, en otro episodio, lloró sobre los pies de Jesús, los limpió con sus cabellos y los ungió con perfumes. Una suposición que no tiene ningún soporte en los textos evangélicos: de la mujer que iba a ser lapidada sólo se nos dicen que era adúltera y de la que limpió los pies de Jesús que era "pecadora", el resto es ajeno a la letra de los evangelios, propio de la creación mítica; algunos heterodoxos suponen incluso que María de Magdala fue la esposa de Jesús. Ninguna institución cristiana admite esa extrapolación, pero la iglesia católica ha canonizado a la Magdalena y el común de los cristianos le reconocen un papel destacado en el drama de la pasión. No se cuestiona que estuviera entre las personas que acompañaron a Jesús en el momento de su muerte y atestiguaron su renacimiento. Tres evangelios canónicos la identifican al pie de la cruz y los cuatro la citan entre los primeros testigos, para Juan es literalmente la primera. Una mujer que debería haber sido lapidada es escogida, es santificada.
Es decir, se omiten los actos sádicos o masoquistas del listado de anatemas, y se destaca a una "pecadora arrepentida" entre los personajes centrales de la muerte y la resurrección de un dios. La cruz, que alzada contra el cielo podría recordar una espada, clavada en la tierra recuerda un falo sobre el que se produce el sacrificio que nos redime. Y el mito insiste en ese punto: la espada -o sea la cruz- está clavada en la tierra y sobre ella muere un dios. Una mujer preñada fuera de su matrimonio dio a luz a ese dios, y otra mujer adúltera atestiguará su resurrección. Una adúltera le vio nacer, otra adúltera le vio renacer, las dos amadas por distintos avatares del mismo dios, las dos mostrando distintos avatares de la misma diosa. Aquí se insinua algo más inquietante que la aceptación tácita de los comportamientos sádicos o masoquistas, aquí se insinua su carácter salvífico: salva el sacrificio, salva la entrega y no hay pecado en el adulterio si responde a la voluntad del señor o enriquece la entrega...
Continuará
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