miércoles 5 de marzo de 2008

Altas y bajas en el inventario de locuras

Filosofía en la mazmorra: nota 3


Es dudoso que la nosología psiquiátrica, es decir, la identificación y clasificación de los trastornos psíquicos sea una ciencia médica. En todo caso, también podría estudiarse con provecho en las facultades de historia o de sociología porque, en ciertos casos, las nociones psiquiátricas de normalidad y desviación, de salud y enfermedad presentan una variabilidad entre épocas y culturas que parece impropia de las ciencias naturales. Lo que en algún momento fue un signo de santidad puede transformarse en un síntoma psicótico, lo que fue una afecto sexual entre un maestro y su alumno se ha transformado en una aberración punible. En definitiva, esas clasificaciones amalgaman enfermedades de base biológica con problemas en el desarrollo de la personalidad, misterios de la mente y valores morales, incluso con modas que tal vez algún día se estudien en las escuelas de marketing. Lógicamente, su presentación suele ir acompañada de alguna advertencia contra el uso inexperto de los manuales; esperemos que los profesionales de la salud se sientan también aludidos por esa advertencia.

El descubrimiento de nuevas psicopatologías o la reconsideración de las antiguas no parecen reflejar tanto el progreso de la ciencia como la fragilidad de los criterios de diagnóstico existentes, o el resultado de alguna batalla entre distintas corrientes académicas. Así, la primera edición del DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), elaborada por la Asociación Americana de Psiquiatría en 1952, identificó 196 tipos de desordenes mentales y hoy contabiliza 297 tipos. Bien es cierto que a lo largo de estos años los criterios diagnósticos biomédicos han desplazando a los psicoanalíticos, y tal vez no deban compararse las dos primeras ediciones del DSM, de inspiración psicodinámica (1952 y 1968), con las dos últimas, de inspiración biologista (1980 y 1994, revisada el 2000). Pero es demasiado evidente que esa diferencia de enfoque, en el mejor de los casos, contrapone conjeturas o hipótesis más que saberes. Más allá de la retórica "cientifista", la mayoría de esos trastornos siguen careciendo de marcadores biológicos y de causas probadas, y algunos de ellos parecen responder a una ideología del hombre feliz. Mientras tanto, el movimiento de "altas", "bajas" y "modificaciones" continua.

Por el lado de las altas, a partir de 1980 han ido apareciendo en el paisaje los trastornos de pánico y de ansiedad generalizada, o el estrés postraumático, las fobias sociales, el trastorno de identidad y el específicamente referido a la identidad de género, el trastorno del sueño y el específicamente producido por las pesadillas, además de los trastornos somatomorfos cuyas características diferenciales simplemente no se me alcanzan. No crea nadie que esta lista es exhaustiva... casi cualquier cosa puede constituir un síntoma o toda una entidad: las dificultades de concentración, la indecisión, la impulsividad, los deseos inapropiados de seducción o la necesidad excesiva de admiración. Y podríamos continuar: la falta de empatía, el temor a ser criticado en público, la sensación de inadecuación personal, el temor al rechazo o a la desaprobación, el exceso de atención al trabajo. Y estamos lejos de terminar, pero valga esta relación a manera ilustrativa: en aquellos paises que se toman la molestia de cuantificar las personas que padecen alguno de esos trastornos, se calcula que afectan a más de la mitad de la población. ¿Nos estamos volviendo todos locos? Tal vez, pero en todo caso parece que estemos medicalizando el jodido oficio de vivir.

Por lo demás, no sólo hay altas en el inventario, también hay bajas y algunas son llamativas: en 1995, Dinamarca eliminó de su clasificación de psicopatologías el sadismo y el masoquismo y la Asociación Americana de Psiquiatría estudia hacer lo mismo en la próxima edición del DSM. Al parecer todas las parafilias estan sometidas a escrutinio, considerándose que los elementos propiamente patológicos que puedan estar asociados a las preferencias sexuales atípicas ya estan catalogados en otros lugares de la clasificación y no se considera conveniente redundar cuando aparecen asociados al erotismo... tal vez para evitar la necesidad de catalogar nuevamente esos mismos comportamientos cuando aparecen asociados a la religión, a la defensa de la patria, del proletariado o de la família.

En definitiva, el sadismo y el masoquismo, después de pasar casi desapercibidos por médicos y moralistas durante algunos milenios, entraron en escena a finales del siglo XIX y han llegado a formar parte del nucleo duro de la teoría psicoanalítica. No es poco, aunque estas variantes del erotismo ya parecen irse alejando de los centros de salud para diversificar la tipología de bares y discotecas de las grandes ciudades o de los mundos virtuales en Internet.

Continuarà

1 comentarios:

Alba dijo...

Efectivamente la términología psiquiatrica es relativa, cambiante e inespecifica. Hoy en día puedes ir a tres psiquitaras o psicologos clínicos y te puden dar tres diagnósticos distintos de tu caso particular. Esta dificultad en diagnosticar revela la dificultad en entender la mente.
A pesar de ello, los trastornos de personalidad causan sufrimiento, como todas las enfermedades, lo que ocurre es que este sufrimiento puede ser distinto en según que época, estando intimamente ligados al contexto y al ambiente en el que se vive o ha vivido (mejor aún en pasado)la persona que los padece. Evidentemente cada uno de los humanos tendrá un trastorno de personalidad, no existe nadie totalmente equilibrado, el hecho de existir es intrinsecamente neurótico.
Si nos guiamos por la única certeza de que estar enfermo psicologicamente es estar sufriendo o causando sufrimiento, quizás eso aúne más criterios médicos para estar en una misma sintonía.

Por último, decir que basado en este criterio, el sadismo y el masoquismo, en la actualidad se consideran patologicos siempre que tengan unas consecuencias sufrientes, tanto en el que las padece o si causan sufrimiento ajeno.