Filosofía en la mazmorra: nota 2
En el siglo XIX se identificaron "enfermedades" que anteriormente habían sido consideradas comportamientos reprobables, pecados o delitos. Ese fue el caso de las preferencias sexuales atípicas, que hoy llaman parafilias, especialmente de la homosexualidad, que alcanzó la categoría de patología aun antes de despenalizarse, de modo que "el tratamiento" pudo parecer al principio un complemento de los castigos y las penitencias.
Pero la existencia simultánea de tratamientos curativos e intrevenciones penales planteó muy pronto algún dilema. Las artes sanitarias se refieren a patologías que deben ser tratadas, mientras que las leyes religiosas o seculares suponen que esos comportamientos son voluntarios y merecen ser castigados. Y aunque nos hayamos acostumbrado a que los dos puntos de vista pueden combinarse en ciertas concepciones respetables (se castiga el delito, se trata al delincuente), en el límite constituyen puntos de vista alternativos y a veces contrapuestos. De entrada, la ciencia médica no debe estar al servicio del castigo ni la legislación democrática puede definir la diferencia como enfermedad. Además, la modernidad evoluciona hacia la despenalización de las parafilias sin víctima, y la investigación científica ya ha cuestionado muchas supuestas patologías asociadas a las preferencias sexuales. Tal vez el problema consista en saber porqué se han perseguido estos comportamientos.
No siempre fue así. Las relaciones homosexuales o bisexuales formaron parte de la normalidad en Grecia o en Roma, en unos términos que aun hoy resultan díficiles de imaginar. Y entre los problemas que se conocen o se adivinan (por ejemplo, determinados cultos orgiásticos) no se detecta nada parecido a la homofobia. La homosexualidad tendía a la pedrastria entre los griegos y a la androfilia entre los romanos, pero los problemas que pudo generar su práctica podrían resultar aun más sorprendentes que la normalidad con la que se practicaba. No es imposible, como suguiere Pascal Quignard en Le sexe et l'effroi, que el problema crucial de la sexualidad romana hacia principios de la era cristiana estuviese relacionado con la rigidez normativa que cristalizó durante la época de Augusto, aparentemente asociada a un pánico mórbido a la sumisión en las relaciones sexuales; un pánico a la pasividad del esclavo, del liberto, de la mujer... tal vez un pánico a reconocer esos placeres en el alma de sus detractores. En todo caso, una contaminación del erotismo por la lógica del poder. Y el estigma del sujeto pasivo no sólo señala la falta de consenso en las prácticas sexuales, sino que además manifiesta la instrumentalización de la sexualidad en la reproducción de la jerarquia social.
La opción cristiana por el sexo reproductivo encontraría en esa esclerosis del placer un buen punto de partida para proseguir el asedio a la sexualidad gozosa de los emboscados. Y la deportación de Ovidio a los confines del imperio por el emperador Augusto podría constituir un símbolo del asalto a la lógica del goce. Tiberio confirmó esa deportación, dejándole morir a orillas del Danubio por unos hecho que permanecen oscuros, pero que debieron ser de alguna entidad. Pascal Quignard señala que la deportación de Ovidio pudo estar relacionada con su defensa lujuriosa de la reciprocidad en las relaciones amorosas. La reciprocidad como escándalo, placer del hombre y de la mujer, placer del amo y del esclavo, placer de Adriano y Antinoo... aunque estamos hablando de algo que sucedió mucho antes de Adriano y de Antinoo, que por cierto fue asesinado. Visto en esos términos, el imperio empezó muy pronto a deslizarse hacia la sexualidad autoritaria y Ovidio sería su primera víctima, pero no la última. La tesis de Quignard es discutuible, pero resulta sugerente y melancólica.
En todo caso, solemos rastrear los rasgos característicos de nuestra sexualidad y, en especial de la homofobia, en el cristianismo y en las tradiciones bíblicas. No es infrecuente citar la lluvia de fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra como paradigma del reproche divino que merecen los "pecados contra natura", aunque justo en este punto el texto bíblico es indeterminado: no detalla qué hicieron los sodomitas y sólo menciona explíctiamente su intención de violar a dos ángeles (Génesis: 19:1-29), una pretensión desmesurada e inmoral, pero ajena a los comportamientos que el cristianismo considera típicamente "contra natura". Las posiciones bíblicas son bastante menos equívocas en el Levítico (sobre todo en 20:13), que inagura una larga tradición penal: "Si un hombre se acuesta con otro hombre como si fuera una mujer, los dos cometen una cosa abominable; por eso seran castigados con la muerte...". Y es significativo que San Pablo no suavizase estos rigores cuando se refirió a la sodomía (por ejemplo en Romanos 1:26-27).
Afortunadamente no siempre se cumple la ley con el rigor previsto, de modo que autores destacados, como John Boswell han podido afirmar en Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad que las actitudes cristianas hacia la homosexualidad fueron relativamente benignas hasta el siglo XII. Pero, con independencia del debate que hayan generado las tesis de Boswell, es obvio que la tipificación penal de la "abominación" sodomita se produjo bajo los primeros emperadores cristianos, inmediatamente depués de Constantino, y se formuló con renovado brío en tiempos de Justiniano, el mismo infame que ordenó cerrar el templo a Isis en Philae. La era oscura ya se había iniciado y entre sus desarollos posteriores no falta alguna aportación hispánica. Podamos obviar las curiosidades de San Isidoro en sus Etimologías, pero tal vez debamos recordar las viejas leyes visigodas que castigaban la sodomía con la castración y el destierro. Esperemos que nadie se esté refieriendo a eso cuando se dice que aquella época fue relativamente benigna.
La tradición cristiana asoció la sodomía a los denominados peccatum contra natura, que podemos relacionar apoyándonos en la autoridad de Santo Tomás que en las "Especies de la lujuria" de la Suma Teológica relaciona todas esas infracciones, sin olvidarse ni de la modestísima masturbación: "...porque se opone también al mismo orden natural del acto venéreo apropiado a la especie humana, y entonces se llama vicio contra la naturaleza. Esto puede suceder de varios modos. Primero, si se procura la polución sin coito carnal, por puro placer, lo cual constituye el pecado de inmundicia, al que suele llamarse molicie . En segundo lugar, si se realiza el coito con una cosa de distinta especie, lo cual se llama bestialidad. En tercer lugar, si se realiza el coito con el sexo no debido, sea de varón con varón o de mujer con mujer, como dice el Apóstol en Rom 1,26-27, y que se llama vicio sodomítico. En cuarto lugar, cuando no se observa el modo natural de realizar el coito, sea porque se hace con un instrumento no debido o porque se emplean otras formas bestiales y monstruosas antinaturales".
A veces suponemos que la Ilustración acabó con la era oscura, pero incluso eso es dudoso. Sin ir más lejos, Thomas Jefferson, defensor paradigmático de la libertad y redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América propuso en su estado natal de Virgina castrar a los sodomitas si eran hombres y si eran mujeres practicar un orificio de media pulgada como mínimo a través de su nariz. Su propuesta de ley no llegó a aprobarse, tal vez porque los conciudadanos de aquel padre de la democracia eran más prudentes que él. El castigo previsto para las mujeres es una rareza y no parece haberse aplicado nunca, mientras el castigo propuesto para los hombres situa a Jefersson en la dudosa compañía de nuestro Chidasvinto. Para mitigar el impacto desmitificador de este dato en el historial de Jefferson suele recordarse que el hombre tampoco fue del todo congruente cuando se trataba de la posesión de esclavos.
Pero el asunto no puede liquidarse como una incongruencia personal, sobre todo porque no se trata de un dato asilado. La cosa ha podido rastrearse hasta el mismísimo Kant, un campeón de la concepción retributiva del derecho penal que también propone la castración para evitar unas prácticas que son en principio consensuales. La propuesta resulta hoy tan desaforada que también ha sido objeto de comentarios destinados a anular su relevancia: se ha señalado que se trata de una nota suelta, añadida hacia el final de su vida a la Metafísica de las Costumbres, cuando las capacidades mentales de Kant habían empezado a disminuir, y hay quien indica que el término alemán que usa (Päderastie) podría no referirse a la homosexualidad consensual sino a la pedofilia... pero con independencia del debate erudito aquí debemos constatar que un problema tan persistente, que se expresa a menudo de forma tan violenta incluso en personas consideradas generalmente ecuánimes, debe estar relacionado con perturbaciones de gran calado social o emocional.
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"Bautizos en la mazmorra"
En el siglo XIX se identificaron "enfermedades" que anteriormente habían sido consideradas comportamientos reprobables, pecados o delitos. Ese fue el caso de las preferencias sexuales atípicas, que hoy llaman parafilias, especialmente de la homosexualidad, que alcanzó la categoría de patología aun antes de despenalizarse, de modo que "el tratamiento" pudo parecer al principio un complemento de los castigos y las penitencias.
Pero la existencia simultánea de tratamientos curativos e intrevenciones penales planteó muy pronto algún dilema. Las artes sanitarias se refieren a patologías que deben ser tratadas, mientras que las leyes religiosas o seculares suponen que esos comportamientos son voluntarios y merecen ser castigados. Y aunque nos hayamos acostumbrado a que los dos puntos de vista pueden combinarse en ciertas concepciones respetables (se castiga el delito, se trata al delincuente), en el límite constituyen puntos de vista alternativos y a veces contrapuestos. De entrada, la ciencia médica no debe estar al servicio del castigo ni la legislación democrática puede definir la diferencia como enfermedad. Además, la modernidad evoluciona hacia la despenalización de las parafilias sin víctima, y la investigación científica ya ha cuestionado muchas supuestas patologías asociadas a las preferencias sexuales. Tal vez el problema consista en saber porqué se han perseguido estos comportamientos.
No siempre fue así. Las relaciones homosexuales o bisexuales formaron parte de la normalidad en Grecia o en Roma, en unos términos que aun hoy resultan díficiles de imaginar. Y entre los problemas que se conocen o se adivinan (por ejemplo, determinados cultos orgiásticos) no se detecta nada parecido a la homofobia. La homosexualidad tendía a la pedrastria entre los griegos y a la androfilia entre los romanos, pero los problemas que pudo generar su práctica podrían resultar aun más sorprendentes que la normalidad con la que se practicaba. No es imposible, como suguiere Pascal Quignard en Le sexe et l'effroi, que el problema crucial de la sexualidad romana hacia principios de la era cristiana estuviese relacionado con la rigidez normativa que cristalizó durante la época de Augusto, aparentemente asociada a un pánico mórbido a la sumisión en las relaciones sexuales; un pánico a la pasividad del esclavo, del liberto, de la mujer... tal vez un pánico a reconocer esos placeres en el alma de sus detractores. En todo caso, una contaminación del erotismo por la lógica del poder. Y el estigma del sujeto pasivo no sólo señala la falta de consenso en las prácticas sexuales, sino que además manifiesta la instrumentalización de la sexualidad en la reproducción de la jerarquia social.
La opción cristiana por el sexo reproductivo encontraría en esa esclerosis del placer un buen punto de partida para proseguir el asedio a la sexualidad gozosa de los emboscados. Y la deportación de Ovidio a los confines del imperio por el emperador Augusto podría constituir un símbolo del asalto a la lógica del goce. Tiberio confirmó esa deportación, dejándole morir a orillas del Danubio por unos hecho que permanecen oscuros, pero que debieron ser de alguna entidad. Pascal Quignard señala que la deportación de Ovidio pudo estar relacionada con su defensa lujuriosa de la reciprocidad en las relaciones amorosas. La reciprocidad como escándalo, placer del hombre y de la mujer, placer del amo y del esclavo, placer de Adriano y Antinoo... aunque estamos hablando de algo que sucedió mucho antes de Adriano y de Antinoo, que por cierto fue asesinado. Visto en esos términos, el imperio empezó muy pronto a deslizarse hacia la sexualidad autoritaria y Ovidio sería su primera víctima, pero no la última. La tesis de Quignard es discutuible, pero resulta sugerente y melancólica.
En todo caso, solemos rastrear los rasgos característicos de nuestra sexualidad y, en especial de la homofobia, en el cristianismo y en las tradiciones bíblicas. No es infrecuente citar la lluvia de fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra como paradigma del reproche divino que merecen los "pecados contra natura", aunque justo en este punto el texto bíblico es indeterminado: no detalla qué hicieron los sodomitas y sólo menciona explíctiamente su intención de violar a dos ángeles (Génesis: 19:1-29), una pretensión desmesurada e inmoral, pero ajena a los comportamientos que el cristianismo considera típicamente "contra natura". Las posiciones bíblicas son bastante menos equívocas en el Levítico (sobre todo en 20:13), que inagura una larga tradición penal: "Si un hombre se acuesta con otro hombre como si fuera una mujer, los dos cometen una cosa abominable; por eso seran castigados con la muerte...". Y es significativo que San Pablo no suavizase estos rigores cuando se refirió a la sodomía (por ejemplo en Romanos 1:26-27).
Afortunadamente no siempre se cumple la ley con el rigor previsto, de modo que autores destacados, como John Boswell han podido afirmar en Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad que las actitudes cristianas hacia la homosexualidad fueron relativamente benignas hasta el siglo XII. Pero, con independencia del debate que hayan generado las tesis de Boswell, es obvio que la tipificación penal de la "abominación" sodomita se produjo bajo los primeros emperadores cristianos, inmediatamente depués de Constantino, y se formuló con renovado brío en tiempos de Justiniano, el mismo infame que ordenó cerrar el templo a Isis en Philae. La era oscura ya se había iniciado y entre sus desarollos posteriores no falta alguna aportación hispánica. Podamos obviar las curiosidades de San Isidoro en sus Etimologías, pero tal vez debamos recordar las viejas leyes visigodas que castigaban la sodomía con la castración y el destierro. Esperemos que nadie se esté refieriendo a eso cuando se dice que aquella época fue relativamente benigna.
La tradición cristiana asoció la sodomía a los denominados peccatum contra natura, que podemos relacionar apoyándonos en la autoridad de Santo Tomás que en las "Especies de la lujuria" de la Suma Teológica relaciona todas esas infracciones, sin olvidarse ni de la modestísima masturbación: "...porque se opone también al mismo orden natural del acto venéreo apropiado a la especie humana, y entonces se llama vicio contra la naturaleza. Esto puede suceder de varios modos. Primero, si se procura la polución sin coito carnal, por puro placer, lo cual constituye el pecado de inmundicia, al que suele llamarse molicie . En segundo lugar, si se realiza el coito con una cosa de distinta especie, lo cual se llama bestialidad. En tercer lugar, si se realiza el coito con el sexo no debido, sea de varón con varón o de mujer con mujer, como dice el Apóstol en Rom 1,26-27, y que se llama vicio sodomítico. En cuarto lugar, cuando no se observa el modo natural de realizar el coito, sea porque se hace con un instrumento no debido o porque se emplean otras formas bestiales y monstruosas antinaturales".
A veces suponemos que la Ilustración acabó con la era oscura, pero incluso eso es dudoso. Sin ir más lejos, Thomas Jefferson, defensor paradigmático de la libertad y redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América propuso en su estado natal de Virgina castrar a los sodomitas si eran hombres y si eran mujeres practicar un orificio de media pulgada como mínimo a través de su nariz. Su propuesta de ley no llegó a aprobarse, tal vez porque los conciudadanos de aquel padre de la democracia eran más prudentes que él. El castigo previsto para las mujeres es una rareza y no parece haberse aplicado nunca, mientras el castigo propuesto para los hombres situa a Jefersson en la dudosa compañía de nuestro Chidasvinto. Para mitigar el impacto desmitificador de este dato en el historial de Jefferson suele recordarse que el hombre tampoco fue del todo congruente cuando se trataba de la posesión de esclavos.
Pero el asunto no puede liquidarse como una incongruencia personal, sobre todo porque no se trata de un dato asilado. La cosa ha podido rastrearse hasta el mismísimo Kant, un campeón de la concepción retributiva del derecho penal que también propone la castración para evitar unas prácticas que son en principio consensuales. La propuesta resulta hoy tan desaforada que también ha sido objeto de comentarios destinados a anular su relevancia: se ha señalado que se trata de una nota suelta, añadida hacia el final de su vida a la Metafísica de las Costumbres, cuando las capacidades mentales de Kant habían empezado a disminuir, y hay quien indica que el término alemán que usa (Päderastie) podría no referirse a la homosexualidad consensual sino a la pedofilia... pero con independencia del debate erudito aquí debemos constatar que un problema tan persistente, que se expresa a menudo de forma tan violenta incluso en personas consideradas generalmente ecuánimes, debe estar relacionado con perturbaciones de gran calado social o emocional.
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"Bautizos en la mazmorra"
4 comentarios:
¿Por qué los regímenes marxistas, como la Cuba de Castro o la ex Unión Soviética, que no se mencionan en este artículo, han reprimido de manera continuada la homosexualidad?. Esta represión sistemática de la condición sexual, ¿no entra en contradicción con sus mensajes de liberación frente al yugo de la Iglesia o la supuesta hipocresía burguesa?
asociada a un pánico mórbido a la sumisión en las relaciones sexuales; un pánico a la pasividad del esclavo, del liberto, de la mujer...
El tabú estaba más bien relacionado con el papel pasivo de los hombres libres.
El amor pasivo de parte de un ciudadano libre era un crimen tan grave como el amor sentimental o adúltero para una matrona. Pero la homosexualidad activa no era perseguida, ni mucho menos. Todo romano podía hacer lo que le placiera con una mujer no casada, una concubina, con un liberto, con un esclavo... Todo hombre activo y no sentimental era honesto. Todo placer puesto al servicio del otro era servil (obsequium), fuera hombre o mujer libre. Y de parte de un hombre era carencia de virtus, de virilidad, era impotencia. Por lo tanto, la norma era la sodomía de los esclavos por parte de los hombres.
HOMO EN ROMA I
Los comentarios de plutarco y de dda planteen asuntos de entidad que desbordan mi capacidad de respuesta espontanea. Aunques sin duda merecerían desarrollarse...
Ciertamente, sería instructivo comparar las políticas sobre homosexualidad de las diversas dictaduras comunistas (la soviética, la china, la cubana..). Ese trabajo ya debe existir, pero simplemente lo desconozco y me limito a sospechar que esos régimenes deben haberse expresado de formas distintas en cada entorno però compartiendo algunos rasgos que parecen constantes o muy frecuentes: la persecución de la diferencia, el desprecio al placer, el énfasis en la función reproductiva y jerarquizadora del sexo. Algo que, en mi opinión, se observa incluso en épocas históricas en las cuales la homosexualidad ha estado admitida, como en la Roma de Augusto.
Y esto tiene relación con el asunto que plantea ddaa: efectivamente "el tabú (en Roma) estaba relacionado con el papel pasivo de los hombres libres": "la homsexualidad activa no era perseguida" pero "el amor pasivo de parte de un ciudadano libre era un crimen tan grave como el amor sentimental...". Estos valores que destaca pertinentemente ddaa parecen relacionados con la estructuración social y sus símbolos: la pasividad reflejaba la sumisión que correspondía a los esclavos, a los libertos, a las mujeres... la pasividad de un hombre libre era criminal porque descubría la futilidad de esas diferencias en los territorios del inconsciente, la fuerza desestabilizadora de lo indiferenciado, de lo recíproco...
No hay que descartar que el tabú consista precisamente en la identidad de los contrarios: -el hombre y la mujer, amo y esclavo, del pasivo y del activo- la intuición angustiada de una comunión que simboliza la sacralidda con una fuerza que jamás han conseguido emperadores histriónicos ni paraisos socialistas.
Yo diría que no hemos cambiado tanto desde los tiempos de Roma en algunos aspectos, y que la base del puritanismo cristiano no hay que buscarla demasiado lejos (en el neoplatonismo, por ejemplo), sino en la propia moralidad romana, que era bastante rigurosa. Eso sí, el cristiano es un puritanismo llevado a extremos delirantes, especialmente en algunas sectas protestantes.
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