martes 21 de agosto de 2007

Bautizos en la mazmorra

Filosofía en la mazmorra: nota 2 (continuación)

Los progresos de la ciencia y de la tolerancia han influida lentamente sobre la concepción de las parafilias incluso entre la gente informada. Sólo a finales del siglo XIX empezaron a producirse estudios fácticos sobre las opciones sexuales atípicas. Y entre los protagonistas de aquella novedad tal vez Havelock Ellis (1859-1929) sea el más entrañable. Afectado de impotencia y casado con una lesbiana, fue uno de los primeros estudiosos de la sexualidad al margen de las tradiciones religiosas y lo hizo explícitamente desde su implicación personal en el tema. Aunque los pioneros siempre sean pocos, y la obra de Ellis no tuviera una gran influencia científica, algo estaba cambiando de forma irreversible: la curiosidad morbosa y la religión habían perdido el monopolio de indagar sobre la sexualidad no reproductiva. Es decir, la contribución más destacada de hombres como Havelock Ellis consistió en iniciar el estudio de las parafilias intentando fundamentarse en observaciones y no en prejuicios aunque, además, aportase conceptos como el autoerotismo o el narcisismo que popularizaría más tarde el psicoanálisis.

Ninguna época ha estado libre de prejuicios y el siglo XIX tampoco, pero hacia finales de ese siglo se fue reconociendo la necesidad de conocer mejor los hechos que fundamentaban los valores dominantes. Y en este marco apareció la Psychopathia Sexualis del doctor Richard von Krafft-Ebing (1840 - 1902), publicada por primera vez en 1886, en Viena, para un público culto y pudoroso, hasta el punto de que se optó por describir las "psicopatologías sexuales" en latín con el objeto de disuadir cualquier curiosidad indebida. Sin embargo, esa ocultación no disminuyó el interés lúdico por el texto, y muy pronto las descripciones fueron difundidas sin permiso del autor en la lengua del común, pasando a engrosar el pintoresco catálogo de los ingenios afrodisíacos. Y con independencia de las teorías en discusión, era ya obvio que las formas "desviadas" de sexualidad despertaban de la gente, probablemente porque nadie es completamente ajeno a ellas.

Richard von Krafft-Ebing consideraba -al estilo de la época- que la sexualidad no reproductiva era generalmente perversa y contribuía a formas de degeneración hereditarias. Una opinión sin fundamento que secularizaba antiguas amanazas: el pecado tal vez ya no llevaba al infierno -o tal vez sí- pero en todo caso contribuía a la degradació física o moral de las personas y de sus descendientes; en el límite a la degeneración de los pueblos, de las razas, de las especies. Algún día tendrà que hacerse la historia de las insensateces que han intentado acogerse a la teoría evolucionista de Darwin. Sin embargo, aunque Krafft-Ebing estuviese influido por aquellos desafueros, fue un hombre fiel a los hechos en su práctica profesional y eso confiere respetabilidad a un médico. Por ejemplo, rectificó varias veces sus opiniones sobre la homosexualidad, que definió primero como un anomalía evolutiva y ya poco antes de su muerte como una evolución diferencial. Es decir, se mostró capaz de reconsdierar sus opiniones y presentar el resultado de sus trabajos sin dejarse influenciar demasiado por los inquisidores de guardia.

Por lo demás, es recordado por haber enriquecido el catálogo de las "perversiones" con algunos tipos que hoy se consideran clásicos, como el fetechismo, el sadismo o el masoquismo. Aunque sorprenda que esas prácticas no se hubieran incorporado antes al repertorio de las perversiones. El hecho mismo de que apenas se disponga de denominaciones tradicionales o de obras clásicas que las identifiquen con cierto detalle ya resulta sospechoso. Krafft-Ebing optó por denominarlos inspirándose en la obra del Marques de Sade (1740-1814) y en la de Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), es decir, en obras relativamente modernas. Y acuñó así dos términos que han hecho fortuna: el sadismo a partir de Sade, y el masoquismo a partir de Sacher-Masoch. Significativamente, fuera del ámbito científico, las personas aficionadas a ese tipo de sexualidad también se han sentido en la necesidad de improvisar un término que designe sus preferencias: el BDSM, que agrega las iniciales de Bondage, Disciplina, Dominació-Sumisión y Sado-Masoquismo... curiosísima solución para una opción erótica: estaríamos ante el primer "pecado" conocido por un acrónimo o, si se prefiere, ante el primer placer bautizado por un médico. Una conclusión òbviamente inaceptable: nada tiene una antigüedad más venerable que nuestra inclinación al pecado.

Bien es cierto que el conocimiento progresa generando nuevos términos y nuevos conceptos de especificidad y precisión crecientes. En este sentido, la "inmundicia" o la "molicie" de Santo Tomás no son equivalentes a nuestro autoerotismo o a nuestra masturbación, ni los sodomitas son equivalentes a los homosexuales: los nuevos términos suelen reflejar la evolución de los conceptos y de los valores. Pero en el caso del sado-masoquismo cuesta rastrear esa evolución; perece que se haya producido una ruptura léxica que impida remontarse a los orígenes. No sólo falta una denominación tradicional, falta también el marcador más característico cuando se rastrean comportamientos considerados perversos: falta la explicitación del estigma, falta su reiteración enfática. Nuestros cristianos, tan quisquillosos en materia de sexualidad, parecen no haber reconocido lo que hoy denominamos sado-masoquismo, y se ha necesitado la llegada de un médico a la mazmorra para observar el fenómeno y ponerle nombre. Un descuido demasiado abultado para ser verosímil. Habrá que volver sobre el tema.

Continuarà