martes 9 de junio de 2009
miércoles 27 de mayo de 2009
Psicoanálisis en la mazmorra
Foto: Bernd MayrEn todo caso, los psicoanalistas asocian diferentes procesos psíquicos a las prácticas sadomasoquistas: a veces hablan de un superego riguroso, es decir, de una dimensión normativa de nuestro psiquismo que generaría un sadomasoquismo interno, intrapsíquico. Una parte de nuestra personalidad intentaría controlarnos, a veces de forma implacable. Pero en otros casos, los psicoanalistas destacan que la agresión se asocia al sadismo cuando se dirige hacia un objeto externo y al masoquismo cuando se dirige contra uno mismo. También suelen hablar de regresiones o de fijaciones a una fase anal del desarrollo psíquico y, aunque hoy resulte polémico, el psicoanálisis -siguiendo a Krafft-Ebing- asoció el masoquismo a la feminidad y el sadismo a la masculinidad, en unos términos que también se han vinculado a unas tendencias activas y pasivas, que no coincidirían necsariamente con el género.
En todo caso, el psicoanálisis propuso una teoría de los instintos basada en la existencia simultánea de pulsiones de vida y de muerte. Es decir, nuestra vida psíquica estaría pautada por la existencia de pulsiones instintivas contrapuestas que nos constituirían en un campo polarizado entre el sol y la sombra, entre eros y tánatos, entre las pulsiones de vida y las de muerte, y en esa dialéctica se suele asociar el sadomasoquismo con la sombra, con tánatos, con la muerte. Pero debemos avanzar con prudencia: sufre el que va a morir no el que ya ha muerto y sufren los que sobreviven. Decir que el sufrimiento está asociado a la muerte es una metonimia que designa una cosa con el nombre de otra: llaman muerte al temor a perder la vida; y lo que duele es la vida. Es la vida la que trenza el placer y el dolor. Incluso cuando se está pariendo con placer o con anestesia la palpitación del dolor acompaña el milagro. Como dijo Buda en el sermón de Benarés la causa del dolor está en el anhelo de placer, en el anhelo de existir, en el anhelo de prosperidad… Esperamos que algún dios misericordioso nos haya evitado más sufrimientos en la otra vida, porque en ésta estamos condenados a que cada placer vaya acompañado de su sombra y la vida acompañada de la muerte.
En algunos paises cortan la carne o el pescado de modo que nunca pueda reconocerse al animal muerto, que no puedan distinguirse sus ojos, sus aletas, sus pies, sus testículos; el producto se sirve en forma de rectángulos o de filetes, y en todas partes separan los mataderos de los restaurantes, de modo que podamos alimentar la ficción de nuestra inocencia.
sábado 2 de mayo de 2009
El sadomasoquismo antes de Freud
Autora: mzebony (Patrizia aka MsEbonyLuv), Latex Fetish, 2007(1) Grossman, W.I. (1986), "Notes on Masochism: A Discussion on the History and Development of a Psychoanalytical Concept", The Psychoanalytic Quarterly, 55:379-413.
martes 10 de febrero de 2009
Freud y los grandes placeres: eros y tánatos.
Foto: Spencer Tunick (ampliar pinchando sobre la foto)Filosofía en la mazmorra: nota 8
Dionisio y Hades son un único y mismo dios.
Heráclito
No es fácil interpretar la ley del deseo, sus causas subyacetentes, sus dimensiones bestiales o sobrehumanas... Al parecer, para adentrarse en esos territorios es conveniente, de entrada, distinguir entres instintos y pulsiones. Los instintos producirían reacciones automáticas ante un estímulo mientras las pulsiones podrían moldearse y evolucionar a lo largo de nuestras vidas. Los instintos constituirían constantes en nuestro comportamiento, las pulsiones constituirían variables. Los instintos acabarían siendo explicados por alguna proteina de producción genéticamente determinada, mientras las pulsiones se perderían en el misterio de los comportamientos inducidos por proteinas sintetizadas sin determinación genética conocida. Esa podría ser la última visión de un científico renacentista: un mar de proteinas de origen desconocido en el que se unifican todos los lenguajes humanos.
No creo yo que las causas de nuestros deseos vayan a conocerse pronto, pero entre los exploradores de esa frontera hay incluso personajes que se reclaman de la ciencia. Y tal vez Freud haya sido el primero que tuvo el atrevimiento de proponer un sistema de coordenadas para cartografiar el universo psíquico, con una teoria pulsional que modificó varias veces a lo largo de su vida, pero manteniendo siempre un esquema polar, en el que dos impulsos contrapuestos mantenían el dinamismo psiquico.
La primera polaridad formulada por Freud proponía, hacia 1905, distinguir entre pulsiones sexuales y de autoconservación, y más tarde entre pulsiones sexuales y pulsiones del yo. Pero sobre todo, en 1920, publicó Más allá del principio del placer una obra que introdujo un cambio en su pensamiento, casi una ruptura. En esa obra Freud identificaba la existencia de dos grandes principios contrapuestos: las pulsiones de vida y de muerte, Eros y Tánatos. Así, después de miles de años resonaban las antiguas advertencias sobre la relación que existe entre el placer y la muerte, entre el amor y el infierno. Las grandes diosas del neolítico ya era diosas del amor y de la muerte, y Heráclito nos había advertido que Dionisio y Hades eran un único y mismo dios. Eros y Tánatos debían formar parte de su santoral.
Pero Freud aspiraba a la racionalidad, e intentó acallar las resonancias míticas de su teorías pulsonial. Propuso un principio del placer vertebrado por la sexualidad y orientado a "disminuir la excitación anímica". Con sus propias palabras: "Hemos resuelto relacionar el placer y el displacer con la cantidad de excitación existente en la vida anímica (...) correspondiendo el displacer a una elevación y el placer a una disminución de tal cantidad" (1). Su lenguaje se plegaba pues a las querencias cuantitativas de las ciencias físicas sin dejar de ser inquietante, ya que la máxima disminución de la excitación anímica debiera coincidir con la muerte biológica. Y eso situaría a Freud en compañía de unos autores -de Santa Teresa de Jesús a Georges Bataille- que en algún momento han sospechado, en palabras del propio Freud, que "la meta de toda vida es la muerte"(2).
De acuerdo con esta linea argumental, la evolución sería una perturbación, o el efecto de influencias perturbadoras y nosotros constituiríamos anomalías, condenadas a la nostalgia del exilio y al deseo de regresar a la vida inorgánica. Nuestras pulsiónes dotarían de alma al segundo principio de la termodinámica que impulsa la nivelación de todos los sistemas hacia la muerte térmica. El pecado estaría en la creación, en el hecho mismo de existir, y la festividad de los muertos no celebraría su deseo de resurrección sino nuestro deseo de desaparecer abrazados a la tierra, nuestro deseo de dormir, nuestro deseo de morir.
la multitud de hombres y mujeres que quieren vivir arruinan la verosimilitud de esa hipótesis, y el psicoanálisis necesita recurrir a argumentos resbaladizos para sostener sus afirmaciones. Se llega a argumentar que bajo los instintos de conservación subyace una pulsión inconsciente que estimula un camino personalizado hacia la nada; buscaríamos el final pero no cualquier final sino el que nos corresponde, y nuestros esfuerzos por sobrevivir no serían más que intentos de morir sin cortocircuitos, sin atropellos, de acuerdo con nuestra propia naturaleza. Se entiende la desesperación de cualquier positivista ante este tipo de hipótesis que postulan una significación subyacente de los hechos contraria a la conducta observable de los sujetos y a sus valores declarados. El significado no sólo sería distinto, sino contrario al sentido de las observaciones. Karl Popper, que no es conocido por su sentido del humor, acabó proponiendo la expulsión de los psicoanalistas de la confederación de los gremios científicos.
(1) Freud, S. (1920), Más allá del principio del placer, pàg. 2
(2) Freud, S. (1920), Más allá del principio del placer, pàg. 24
miércoles 21 de enero de 2009
Religión y sadomasoquismo
Niño penitente duranta la Ashura. Libano (?), 2008Foto: BBC Arabic.com
Filosofía en la mazmorra: nota 7
Seguramente podríamos clasificar las religiones por el tipo de placeres que promueven: por decir algo, podríamos diferenciar entre los placeres de Apolo y los de Dionisio, entre la sensualidad del chamán y la de la monja católica. Y desde esa óptica, sorprende la profusión de elementos sadomasoquistas existentes en casi todas las religiones. Incluso parecen ser predominantes, sobre todo si incluimos las grandes doctrinas monoteistas que rechazan la sexualidad no reproductiva, pero que a lo largo de la historia han exhibido sin demasiado recato la voluptuosidad del sacrificio. Su moderación actual, su "buenismo", su intento de disimular la crueldad de sus dioses bajo abstracciones teológicas parecen más bien influencias seculares y, en todo caso, esa evolución moderna no cancela ni niega el pasado.
A lo largo de los siglos han predicado la renuncia a los placeres terrenales y han atribuido méritos purificadores y formativos al dolor y a la sumisión. Y aunque un tabú tenaz y mil bibliotecas de teodicea intenten ocultarlo, es demasiado evidente que la disposición a aplicar castigos implacables se manifiesta en la mismísima divinidad: podemos discutir si ese padre es maligno, pero sin duda es sádico. Y sus cultos se fundan en algún sacrificio: la crucifixión de Jesús, el martirtio del Imám Hussein, o la opción ascética de Siddartha Gautama. El fenómeno es de una amplitud desconcertante, pero nos centraremos en las tradiciones bíblicas y cristianas simplemente porque nos resultan más familiares.
Del diluvio a Sodoma, de Abraham a Job, de la pasión de Cristo al cilicio de los cristianos, es difícil ser más cruel hablando tanto de amor. Una crueldad que no aceptaría ningún practicante del sadomasoquismo consensual aunque hoy, afortunadamente, hasta los practicantes católicos tienen la posibilidad de negarse y salir del juego. Un progreso a preservar, porque los tiempos cambian, pero la inclinación de la Iglesia por las soluciones sacrificiales se mantiene. Así, aún sin recurrir a la terrible mitología del Antiguo Testamente, constatamos que los votos que fundamentan la vida religiosa de los católicos -pobreza, obediencia y castidad- tienen un inequívoco contenido sacrificial. Y no hay que remover mucho en la litertura cristiana para hallar alguna justificación lapidaria, como la de Santo Tomás: "... se llaman religiosos por antonomasia aquellos que se consagran totalmente al servicio divino, ofreciéndose a Dios como holocausto» (Summa Theol., II-II, q. 186, a. 1), y no vayan a creer que se trata de una cita olividada en las bibliotecas conventuales: está extraida de una audiencia general de Juan Pablo II, del 26 de octubre de 1994. Ni vayan a pensar que sólo se preven sacrificios para las personas que han entrado en religión: enfrentándose a la opinión mayoritaria de la población y de la comunidad científica, nuestros católicos desaconsejan el uso de preservativos, afirmando que son "inseguros" y que la mejor solución contra las enfermedades de transmisión sexual y los embarazos no deseados es la castidad. Pero es obvio que los argumentos de fondo del catolicismo no se basan en la pretendida porosidad del condón, sino en la convicción de que el placer sexual sin autorización es inmoral, y que la primera tarea de un pastor es controlar la sexualidad de sus ovejas.
(1) "Datenschalg Chronicle of Sadomasochismus (DACHS)" Versión inglesa del 17 de julio de 2003. La crónica es actualizada regularmente y resume un original alemán de unas mil entradas. Ver: www.datenschlag.org/dachs/
miércoles 3 de septiembre de 2008
El silencio de los pastores
Foto disponible en Wired. Militar posando ante un cadáver. Prisión de Abu Grahib, Irak, 2003Filosofía en la mazmorra: nota 6
La capacidad de sufrir o de hacer sufrir constituye uno de los recursos humanos básicos. Suele presentarse como algo inevitable: la sobrevivencia exigiría matar para alimentarse, someter para perpetuarse, aunque a veces parece que hemos hecho de la necesidad deseo, y ya no se trata sólo de una exigencia biológica o social, sino de una opción cultural o de una forma de placer.
A esta inclinación a sufrir o hacer sufrir la podríamos llamar sadomasoquismo, aunque no esté asociada al erotismo genital. Y visto así, debemos añadir de inmediato que el sadomasoquismo no es siempre difuncional ni exclusivo de las situaciones extremas, como la lluvia no es exclusiva de los huracanes y el rio no es sólo inundación. Y no se manifiesta únicamente en los campos de concentración y en las cárceles regentadas por el enemigo -por decir algo, en Matthausen- sino también en las que regentan los amigos -por decir algo en Abu Grahib. Ni aparece únicamente cuando se vulnera la ley o la moral: en la barricada más noble hay una capacidad de sufrir y de hacer sufrir que forma parte de la misma pulsión básica. En sus formas más adaptativas el sadomasoquismo parece acompañarnos desde siempre y casi siempre, impregna nuestra vida cotidiana con toda naturalidad: no distinguimos su presencia porque se confunde con la normalidad, especialmente con las justificaciones para el ataque o la rendición. Y esa inconsciencia nos protege de la lucidez vertiginosa del que percibe las dimensiones sociales del sufrimiento. A ese, por decir algo, le llaman enfermo.
No parece excesivo afirmar que el sadomasoquismo vertebra el conjunto de la vida social y condiciona sus manifestaciones. Estaríamos tentados en buscar ventajas adaptativas o sustratos biológicos en una pulsión tan frecuente. Recuerda a la glucosa en el metabolismo celular: aunque su sabor no siempre se distinga, su energía resulta indispensable para el funcionamiento del organismo, aportando combustible psíquico al matrimonio y a la familia, a la educación y a la cofradía, a la política y a la empresa, al ejército y a la religión. Por lo demás, nunca han faltado predicadores que insistan en la importancia de la entrega, de la obediencia, de la disciplina, del sacrificio, de la paciencia... y en la necesidad de respetar las jerarquías. Naturalmente, para los que no se sometan voluntariamente se han previsto algunas medidas. Sólo el sadomasoquismo puede ayudarnos a entender las bulimias y las anorexias de poder que plagan nuestra vida cotidiana, con efectos que afectan al común de forma a veces devastadora. Las indecencias de la burocracia financiera de ahora, como las indecencias de la burocracia comunista de antes, no serían posibles en una sociedad de hombre y mujeres sin pulsiones sadomasoquistas.
El bueno de Sade o de Sacher-Masoch sólo han supuesto una perversión en la medida en que propugnaban la ingesta de dosis altas de glucosa con pleno desprecio de la dietética, y sin atender a las necesidades de reproducir los sistemas de dominio y de sumisión. Eran un ejemplo de despilfarro y de desatino, en contraste con la buenas costumbres que nos han legado la iglesia y el ejército, siempre atentos a que el sacrificio de hoy no excluya el sacrificio de mañana. Siempre dispuestos a estimular nuestra resignación, reservando el momento de los excesos para cuando mejor convenga. Lo escandaloso de Sade es que transformaba un sistema de producción y reproducción en una farra agónica. La contención exige el dominio desapegado, la sumisión sin placer. Con las cosa de comer no se juega.
domingo 31 de agosto de 2008
El silencio de los moralistas
Foto: Richard AvedonEl silencio de los moralistas acerca del sadomasoquismo es sorprendente. Apenas se rastrean algunas menciones a lo largo de la historia, y esas menciones no siempre van acompañadas de reproche. Es evidente que los comportamientos eran conocidos, pero es aun más evidente que no fueron considerados de especial gravedad hasta finales del siglo XIX y, en aquel momento, su interés ya no era moral, sino médico: la primera descripción sistemática del sadismo y del masoquismo se publicó en 1886, en la Psychopathia Sexualis del doctor Richard von Krafft-Ebing (1840 - 1902) y la difusión posterior de esos términos se debe sobre todo al psicoanálisis y nos situa de pleno en el siglo XX.
Como indicábamos en una nota anterior, el estudio del Dr. Richard von Krafft-Ebing es recordado "...por haber enriquecido el catálogo de las "perversiones" con algunos tipos que hoy se consideran clásicos, como el fetechismo, el sadismo o el masoquismo. ...[Y] El hecho mismo de que apenas se disponga de denominaciones tradicionales o de obras clásicas que las identifiquen con cierto detalle ya resulta sospechoso. Krafft-Ebing optó por denominarlas inspirándose en la obra del Marques de Sade (1740-1814) y en la de Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), es decir, en obras relativamente modernas. Y acuñó así dos términos que han hecho fortuna: el sadismo a partir de Sade, y el masoquismo a partir de Sacher-Masoch. Significativamente, fuera del ámbito científico, las personas aficionadas a ese tipo de sexualidad también se han sentido en la necesidad de improvisar un término que designe sus preferencias: el BDSM, que agrega las iniciales de Bondage, Disciplina, Dominació-Sumisión y Sado-Masoquismo... curiosísima solución para una opción erótica: estaríamos ante el primer "pecado" conocido por un acrónimo o, si se prefiere, ante el primer placer bautizado por un médico. Una conclusión òbviamente inaceptable: nada tiene una antigüedad más venerable que nuestra inclinación al pecado.
"Bien es cierto que el conocimiento progresa generando nuevos términos y nuevos conceptos de especificidad y precisión crecientes. En este sentido, la "inmundicia" o la "molicie" de Santo Tomás no son equivalentes a nuestro autoerotismo o a nuestra masturbación, ni los sodomitas son equivalentes a los homosexuales: los nuevos términos suelen reflejar la evolución de los conceptos y de los valores. Pero en el caso del sadomasoquismo cuesta rastrear esa evolución; perece que se haya producido una ruptura léxica que impida remontarse a los orígenes. No sólo falta una denominación tradicional, falta también el marcador más característico cuando se rastrean comportamientos considerados perversos: falta la explicitación del estigma, falta su reiteración enfática. Nuestros cristianos, tan quisquillosos en materia de sexualidad, parecen no haber reconocido lo que hoy denominamos sado-masoquismo, y se ha necesitado la llegada de un médico a la mazmorra para observar el fenómeno y ponerle nombre. Un descuido demasiado abultado para ser verosímil."
sábado 30 de agosto de 2008
Aristóteles y Phillys
Aristóteles montado por Phillys. Libro ilustrado de salmos, conocido como Macclesfield Psalter, Inglaterra, East Anglia, aprox. 1330. Hacia finales de la Edad Media se popularizó un relato que acabaría inspirando una iconografía notable de gravados y aguamaniles en los que, Aristóteles, a cuatro patas, aparece montado por Phyllis, una amante de Alejandro el Magno, que conduce al filósofo con brida y fusta. Nada nos permite suponer que esa imagen esté inspirada en la vida de Aristóteles. Se basa en un cuentecillo ejemplarizante, tal vez de origen árabe, escrito en francés a comienzos del siglo XIII en la corte anglonormanda, y que no está destinado a reprochar los juegos eróticos de sumisión, sino a advertir contra la capacidad de seducción de las mujeres, destacando la fuerza de la juventud contra la experiencia, la belleza contra el conocimiento.
La versión más antigua del relato se encuentra en una lay, una narración satírica, en verso. La "Lai d'Aristote" escrita probablemente por Henri de Valenciennes (aunque ha sido atribuida a otros autores). En esa versión, Aristóteles acompaña a los ejércitos de Alejandro hasta la India, donde éste tiene amores apasionados con una mujer, Phyllis, que le distraen de las tareas de gobierno. Sus generales se inqueitan y piden a Arsitóteles que intervenga para hacerle volver a sus obligaciones. En un primer momento lo consigue, pero después Alejandro regresa con su amante. Y al saber lo que ha sucedido, ella le propone poner a prueba al filósofo: lo seduce bailando al pie de su ventana y luego le exige que se deje montar como una caballo, guiándolo hacia donde está Alejandro. Cuando éste los ve y reprocha la conducta de su maestro, Aristóteles contesta que si Phyllis ha sabido someter a un viejo estudioso como él, que no podrá hacer con un joven soldado. Alejandro, complacido con la respuesta se reconcilia con Aristóteles y sigue con su amiga.
Un final feliz que no debió gustar a todos porque uno de los energúmenos que participaron en la cruzada contra los cátaros, Jaques de Vitry, posteriormente obispo de Acre y luego cardenal, transformó ese relato desenfadado en munición para sermones. En su versión, la amante era esposa legítima -nada de folgar en pecado- pero naturalmente malvada; el juego era un acto de infidelidad, Aristóteles una víctima, y no había más enseñanza que prepararse para morir. Y aquí no importa tanto la brutalidad y el mal gusto de ese clérigo, como los asuntos que entonces consideró moralmente relevantes: la necesidad del matrimonio y el peligro de la sexualidad femenina. Los juego de sumisión resultaban tal vez grotescos pero no amenazantes, servían para ilustrar una burla pero no representaban el mal.
(Una buena selección de imágenes y un buen artículo sobre Aristóteles y Filis puede encontrarse en Jorge Ledo, con vínculos a otras notas de interés)
jueves 28 de agosto de 2008
La sexualidad de los dioses bíblicos
Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Mateo 5, 27-28
Todas las culturas han regulado la vida sexual, como si nuestras tendencias instintivas pudiesen amenazar la convivencia y tuvieran que ser contenidas mediante el aprendizaje de normas y la amenaza de castigos, a veces feroces. Sólo la evolución histórica parece haber mitigado esos furores moralistas, aunque todavía hay ciertos paises que soportan costumbres abyectas como la ablación del clítoris, la lapidación por adulterio o el encarcelamiento de homosexuales. De hecho, todas las sociedades parecen haber surgido de un fondo oscuro de violencia que a veces se asocia al patriarcado. En todo caso, la primera huella conocida de nuestra educación sexual puede rastrearse hasta el Código de Hammurabi (del 1692 aC), esculpido en basalto porque aspiraba a ser permanente. Y ese código, que pretendía fijar equivalencias razonables ente castigos y delitos estableció que la mujer adúltera y su amante debían morir ahogados. Es decir, el Código de Hammurabi nos legó un curioso principio retributivo: ojo por ojo, diente por diente, y dos muertes por cada adulterio.
Esa inclinación por las penas de muerte no fue algo exlcusivo de la Babilonia de Hammurabi. Las religiones abrahámicas optaron por matar a los amantes, pero a pedradas, estimulando así la participación popular y nuestra Biblia recoge uno de los muestrarios más abigarrado de castigos mortales contra los "pecados de la carne". Con palabras de Leon Ferrari: "A pesar de que las tablas de Moisés ordenan no matar, en la Biblia se ordena matar con diversos procedimientos (pestes, fuego, lapidación, degüello) a los homosexuales y sodomitas (Lv 20,13 y Ro 1,32), a las muchachas recién casadas cuando se compruebe que no son vírgenes (Dt 22, 13-21), a la hija del sacerdote que comenzara a fornicar (Lv 21,9), a los hombres que copulen con bestias (Lv 20,15), a las mujeres que copulen con animales (Lv 20,16), al que copule con su suegra (Lv 20,14), con su hermana (Lv 20,17), con la mujer del hermano de su padre (Lv 20,20), con su nuera (Lv 20,12), a las adúlteras (Lv 20,10 y Dt 22,22), a la mujer que violada dentro de la ciudad no grite pidiendo ayuda (Dt 22,24), a los "fornicarios" (Ap 21, 8), a los judíos que copulaban con las aborígenes de la Tierra Prometida y a los hijos que nacieran de esas uniones (Jer 16,2)." Y lo más llamativo de este catálogo es que no condene ninguna práctica sado-masoquista. El dominio y la sumisión, el dolor y la crueldad parecen ser las únicas formas de voluptuosidad admitidas por los dioses abrahámicos, y en este àmbito están incluso dispuestos a tolerar experiencias fuera del matrimonio.
Los evangelios no derrogaron esa normativa aunque moderaran su furia. Aquí suelen citarse las palabras de Jesús a un grupo de exaltados que habían sorprendido a una mujer adúltera y provocaban a Jesús preguntándole cómo debía ser castigada. La respuesta se ha hecho célebre: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8, 1-11). Una respuesta inspirada que, sin embargo, no cuestiona la pena asociada al adulterio: señala que todos somos responsables de alguna falta y aconseja no juzgar (Jesús a la adúltera: "Yo no te condeno"), pero no propone modificar la ley, que continuará justificando a infames y energúmenos durante siglos: al final del Nuevo Testamento, en el Apocalipsis, reaparece un verdugo con buena conciencia lanzando a fornicarios, incrédulos, hechiceros e idólatras a lagos de fuego y azufre. Mientras en nuestras sociedades la furia homicida ha persistido prácticamente hasta hoy, a la espera del apocalipsis, que es precisamente el paradigma de una solución final, la Endlösung.
Sin embargo, en la variante católica de este mito se han introducido unas ambivalencias que distraen de su lógica sanguinaria y enriquecen el relato: la mujer adúltera a la que se refieren los evangelios ha sido identificada como María Magdalena, y se ha supuesto que era la misma que, en otro episodio, lloró sobre los pies de Jesús, los limpió con sus cabellos y los ungió con perfumes. Una suposición que no tiene ningún soporte en los textos evangélicos: de la mujer que iba a ser lapidada sólo se nos dicen que era adúltera y de la que limpió los pies de Jesús que era "pecadora", el resto es ajeno a la letra de los evangelios, propio de la creación mítica; algunos heterodoxos suponen incluso que María de Magdala fue la esposa de Jesús. Ninguna institución cristiana admite esa extrapolación, pero la iglesia católica ha canonizado a la Magdalena y el común de los cristianos le reconocen un papel destacado en el drama de la pasión. No se cuestiona que estuviera entre las personas que acompañaron a Jesús en el momento de su muerte y atestiguaron su renacimiento. Tres evangelios canónicos la identifican al pie de la cruz y los cuatro la citan entre los primeros testigos, para Juan es literalmente la primera. Una mujer que debería haber sido lapidada es escogida, es santificada.
Es decir, se omiten los actos sádicos o masoquistas del listado de anatemas, y se destaca a una "pecadora arrepentida" entre los personajes centrales de la muerte y la resurrección de un dios. La cruz, que alzada contra el cielo podría recordar una espada, clavada en la tierra recuerda un falo sobre el que se produce el sacrificio que nos redime. Y el mito insiste en ese punto: la espada -o sea la cruz- está clavada en la tierra y sobre ella muere un dios. Una mujer preñada fuera de su matrimonio dio a luz a ese dios, y otra mujer adúltera atestiguará su resurrección. Una adúltera le vio nacer, otra adúltera le vio renacer, las dos amadas por distintos avatares del mismo dios, las dos mostrando distintos avatares de la misma diosa. Aquí se insinua algo más inquietante que la aceptación tácita de los comportamientos sádicos o masoquistas, aquí se insinua su carácter salvífico: salva el sacrificio, salva la entrega y no hay pecado en el adulterio si responde a la voluntad del señor o enriquece la entrega...
Continuará
lunes 31 de marzo de 2008
miércoles 5 de marzo de 2008
Altas y bajas en el inventario de locuras
Filosofía en la mazmorra: nota 3
Es dudoso que la nosología psiquiátrica, es decir, la identificación y clasificación de los trastornos psíquicos sea una ciencia médica. En todo caso, también podría estudiarse con provecho en las facultades de historia o de sociología porque, en ciertos casos, las nociones psiquiátricas de normalidad y desviación, de salud y enfermedad presentan una variabilidad entre épocas y culturas que parece impropia de las ciencias naturales. Lo que en algún momento fue un signo de santidad puede transformarse en un síntoma psicótico, lo que fue una afecto sexual entre un maestro y su alumno se ha transformado en una aberración punible. En definitiva, esas clasificaciones amalgaman enfermedades de base biológica con problemas en el desarrollo de la personalidad, misterios de la mente y valores morales, incluso con modas que tal vez algún día se estudien en las escuelas de marketing. Lógicamente, su presentación suele ir acompañada de alguna advertencia contra el uso inexperto de los manuales; esperemos que los profesionales de la salud se sientan también aludidos por esa advertencia.
El descubrimiento de nuevas psicopatologías o la reconsideración de las antiguas no parecen reflejar tanto el progreso de la ciencia como la fragilidad de los criterios de diagnóstico existentes, o el resultado de alguna batalla entre distintas corrientes académicas. Así, la primera edición del DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), elaborada por la Asociación Americana de Psiquiatría en 1952, identificó 196 tipos de desordenes mentales y hoy contabiliza 297 tipos. Bien es cierto que a lo largo de estos años los criterios diagnósticos biomédicos han desplazando a los psicoanalíticos, y tal vez no deban compararse las dos primeras ediciones del DSM, de inspiración psicodinámica (1952 y 1968), con las dos últimas, de inspiración biologista (1980 y 1994, revisada el 2000). Pero es demasiado evidente que esa diferencia de enfoque, en el mejor de los casos, contrapone conjeturas o hipótesis más que saberes. Más allá de la retórica "cientifista", la mayoría de esos trastornos siguen careciendo de marcadores biológicos y de causas probadas, y algunos de ellos parecen responder a una ideología del hombre feliz. Mientras tanto, el movimiento de "altas", "bajas" y "modificaciones" continua.
Por el lado de las altas, a partir de 1980 han ido apareciendo en el paisaje los trastornos de pánico y de ansiedad generalizada, o el estrés postraumático, las fobias sociales, el trastorno de identidad y el específicamente referido a la identidad de género, el trastorno del sueño y el específicamente producido por las pesadillas, además de los trastornos somatomorfos cuyas características diferenciales simplemente no se me alcanzan. No crea nadie que esta lista es exhaustiva... casi cualquier cosa puede constituir un síntoma o toda una entidad: las dificultades de concentración, la indecisión, la impulsividad, los deseos inapropiados de seducción o la necesidad excesiva de admiración. Y podríamos continuar: la falta de empatía, el temor a ser criticado en público, la sensación de inadecuación personal, el temor al rechazo o a la desaprobación, el exceso de atención al trabajo. Y estamos lejos de terminar, pero valga esta relación a manera ilustrativa: en aquellos paises que se toman la molestia de cuantificar las personas que padecen alguno de esos trastornos, se calcula que afectan a más de la mitad de la población. ¿Nos estamos volviendo todos locos? Tal vez, pero en todo caso parece que estemos medicalizando el jodido oficio de vivir.
Por lo demás, no sólo hay altas en el inventario, también hay bajas y algunas son llamativas: en 1995, Dinamarca eliminó de su clasificación de psicopatologías el sadismo y el masoquismo y la Asociación Americana de Psiquiatría estudia hacer lo mismo en la próxima edición del DSM. Al parecer todas las parafilias estan sometidas a escrutinio, considerándose que los elementos propiamente patológicos que puedan estar asociados a las preferencias sexuales atípicas ya estan catalogados en otros lugares de la clasificación y no se considera conveniente redundar cuando aparecen asociados al erotismo... tal vez para evitar la necesidad de catalogar nuevamente esos mismos comportamientos cuando aparecen asociados a la religión, a la defensa de la patria, del proletariado o de la família.
En definitiva, el sadismo y el masoquismo, después de pasar casi desapercibidos por médicos y moralistas durante algunos milenios, entraron en escena a finales del siglo XIX y han llegado a formar parte del nucleo duro de la teoría psicoanalítica. No es poco, aunque estas variantes del erotismo ya parecen irse alejando de los centros de salud para diversificar la tipología de bares y discotecas de las grandes ciudades o de los mundos virtuales en Internet.
Continuarà
jueves 28 de febrero de 2008
viernes 8 de febrero de 2008
Los hacedores de Sodoma
En el siglo XIX se identificaron "enfermedades" que anteriormente habían sido consideradas comportamientos reprobables, pecados o delitos. Ese fue el caso de las preferencias sexuales atípicas, que hoy llaman parafilias, especialmente de la homosexualidad, que alcanzó la categoría de patología aun antes de despenalizarse, de modo que "el tratamiento" pudo parecer al principio un complemento de los castigos y las penitencias.
Pero la existencia simultánea de tratamientos curativos e intrevenciones penales planteó muy pronto algún dilema. Las artes sanitarias se refieren a patologías que deben ser tratadas, mientras que las leyes religiosas o seculares suponen que esos comportamientos son voluntarios y merecen ser castigados. Y aunque nos hayamos acostumbrado a que los dos puntos de vista pueden combinarse en ciertas concepciones respetables (se castiga el delito, se trata al delincuente), en el límite constituyen puntos de vista alternativos y a veces contrapuestos. De entrada, la ciencia médica no debe estar al servicio del castigo ni la legislación democrática puede definir la diferencia como enfermedad. Además, la modernidad evoluciona hacia la despenalización de las parafilias sin víctima, y la investigación científica ya ha cuestionado muchas supuestas patologías asociadas a las preferencias sexuales. Tal vez el problema consista en saber porqué se han perseguido estos comportamientos.
No siempre fue así. Las relaciones homosexuales o bisexuales formaron parte de la normalidad en Grecia o en Roma, en unos términos que aun hoy resultan díficiles de imaginar. Y entre los problemas que se conocen o se adivinan (por ejemplo, determinados cultos orgiásticos) no se detecta nada parecido a la homofobia. La homosexualidad tendía a la pedrastria entre los griegos y a la androfilia entre los romanos, pero los problemas que pudo generar su práctica podrían resultar aun más sorprendentes que la normalidad con la que se practicaba. No es imposible, como suguiere Pascal Quignard en Le sexe et l'effroi, que el problema crucial de la sexualidad romana hacia principios de la era cristiana estuviese relacionado con la rigidez normativa que cristalizó durante la época de Augusto, aparentemente asociada a un pánico mórbido a la sumisión en las relaciones sexuales; un pánico a la pasividad del esclavo, del liberto, de la mujer... tal vez un pánico a reconocer esos placeres en el alma de sus detractores. En todo caso, una contaminación del erotismo por la lógica del poder. Y el estigma del sujeto pasivo no sólo señala la falta de consenso en las prácticas sexuales, sino que además manifiesta la instrumentalización de la sexualidad en la reproducción de la jerarquia social.
La opción cristiana por el sexo reproductivo encontraría en esa esclerosis del placer un buen punto de partida para proseguir el asedio a la sexualidad gozosa de los emboscados. Y la deportación de Ovidio a los confines del imperio por el emperador Augusto podría constituir un símbolo del asalto a la lógica del goce. Tiberio confirmó esa deportación, dejándole morir a orillas del Danubio por unos hecho que permanecen oscuros, pero que debieron ser de alguna entidad. Pascal Quignard señala que la deportación de Ovidio pudo estar relacionada con su defensa lujuriosa de la reciprocidad en las relaciones amorosas. La reciprocidad como escándalo, placer del hombre y de la mujer, placer del amo y del esclavo, placer de Adriano y Antinoo... aunque estamos hablando de algo que sucedió mucho antes de Adriano y de Antinoo, que por cierto fue asesinado. Visto en esos términos, el imperio empezó muy pronto a deslizarse hacia la sexualidad autoritaria y Ovidio sería su primera víctima, pero no la última. La tesis de Quignard es discutuible, pero resulta sugerente y melancólica.
En todo caso, solemos rastrear los rasgos característicos de nuestra sexualidad y, en especial de la homofobia, en el cristianismo y en las tradiciones bíblicas. No es infrecuente citar la lluvia de fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra como paradigma del reproche divino que merecen los "pecados contra natura", aunque justo en este punto el texto bíblico es indeterminado: no detalla qué hicieron los sodomitas y sólo menciona explíctiamente su intención de violar a dos ángeles (Génesis: 19:1-29), una pretensión desmesurada e inmoral, pero ajena a los comportamientos que el cristianismo considera típicamente "contra natura". Las posiciones bíblicas son bastante menos equívocas en el Levítico (sobre todo en 20:13), que inagura una larga tradición penal: "Si un hombre se acuesta con otro hombre como si fuera una mujer, los dos cometen una cosa abominable; por eso seran castigados con la muerte...". Y es significativo que San Pablo no suavizase estos rigores cuando se refirió a la sodomía (por ejemplo en Romanos 1:26-27).
Afortunadamente no siempre se cumple la ley con el rigor previsto, de modo que autores destacados, como John Boswell han podido afirmar en Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad que las actitudes cristianas hacia la homosexualidad fueron relativamente benignas hasta el siglo XII. Pero, con independencia del debate que hayan generado las tesis de Boswell, es obvio que la tipificación penal de la "abominación" sodomita se produjo bajo los primeros emperadores cristianos, inmediatamente depués de Constantino, y se formuló con renovado brío en tiempos de Justiniano, el mismo infame que ordenó cerrar el templo a Isis en Philae. La era oscura ya se había iniciado y entre sus desarollos posteriores no falta alguna aportación hispánica. Podamos obviar las curiosidades de San Isidoro en sus Etimologías, pero tal vez debamos recordar las viejas leyes visigodas que castigaban la sodomía con la castración y el destierro. Esperemos que nadie se esté refieriendo a eso cuando se dice que aquella época fue relativamente benigna.
La tradición cristiana asoció la sodomía a los denominados peccatum contra natura, que podemos relacionar apoyándonos en la autoridad de Santo Tomás que en las "Especies de la lujuria" de la Suma Teológica relaciona todas esas infracciones, sin olvidarse ni de la modestísima masturbación: "...porque se opone también al mismo orden natural del acto venéreo apropiado a la especie humana, y entonces se llama vicio contra la naturaleza. Esto puede suceder de varios modos. Primero, si se procura la polución sin coito carnal, por puro placer, lo cual constituye el pecado de inmundicia, al que suele llamarse molicie . En segundo lugar, si se realiza el coito con una cosa de distinta especie, lo cual se llama bestialidad. En tercer lugar, si se realiza el coito con el sexo no debido, sea de varón con varón o de mujer con mujer, como dice el Apóstol en Rom 1,26-27, y que se llama vicio sodomítico. En cuarto lugar, cuando no se observa el modo natural de realizar el coito, sea porque se hace con un instrumento no debido o porque se emplean otras formas bestiales y monstruosas antinaturales".
A veces suponemos que la Ilustración acabó con la era oscura, pero incluso eso es dudoso. Sin ir más lejos, Thomas Jefferson, defensor paradigmático de la libertad y redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América propuso en su estado natal de Virgina castrar a los sodomitas si eran hombres y si eran mujeres practicar un orificio de media pulgada como mínimo a través de su nariz. Su propuesta de ley no llegó a aprobarse, tal vez porque los conciudadanos de aquel padre de la democracia eran más prudentes que él. El castigo previsto para las mujeres es una rareza y no parece haberse aplicado nunca, mientras el castigo propuesto para los hombres situa a Jefersson en la dudosa compañía de nuestro Chidasvinto. Para mitigar el impacto desmitificador de este dato en el historial de Jefferson suele recordarse que el hombre tampoco fue del todo congruente cuando se trataba de la posesión de esclavos.
Pero el asunto no puede liquidarse como una incongruencia personal, sobre todo porque no se trata de un dato asilado. La cosa ha podido rastrearse hasta el mismísimo Kant, un campeón de la concepción retributiva del derecho penal que también propone la castración para evitar unas prácticas que son en principio consensuales. La propuesta resulta hoy tan desaforada que también ha sido objeto de comentarios destinados a anular su relevancia: se ha señalado que se trata de una nota suelta, añadida hacia el final de su vida a la Metafísica de las Costumbres, cuando las capacidades mentales de Kant habían empezado a disminuir, y hay quien indica que el término alemán que usa (Päderastie) podría no referirse a la homosexualidad consensual sino a la pedofilia... pero con independencia del debate erudito aquí debemos constatar que un problema tan persistente, que se expresa a menudo de forma tan violenta incluso en personas consideradas generalmente ecuánimes, debe estar relacionado con perturbaciones de gran calado social o emocional.
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"Bautizos en la mazmorra"
viernes 25 de enero de 2008
martes 21 de agosto de 2007
Bautizos en la mazmorra
Los progresos de la ciencia y de la tolerancia han influida lentamente sobre la concepción de las parafilias incluso entre la gente informada. Sólo a finales del siglo XIX empezaron a producirse estudios fácticos sobre las opciones sexuales atípicas. Y entre los protagonistas de aquella novedad tal vez Havelock Ellis (1859-1929) sea el más entrañable. Afectado de impotencia y casado con una lesbiana, fue uno de los primeros estudiosos de la sexualidad al margen de las tradiciones religiosas y lo hizo explícitamente desde su implicación personal en el tema. Aunque los pioneros siempre sean pocos, y la obra de Ellis no tuviera una gran influencia científica, algo estaba cambiando de forma irreversible: la curiosidad morbosa y la religión habían perdido el monopolio de indagar sobre la sexualidad no reproductiva. Es decir, la contribución más destacada de hombres como Havelock Ellis consistió en iniciar el estudio de las parafilias intentando fundamentarse en observaciones y no en prejuicios aunque, además, aportase conceptos como el autoerotismo o el narcisismo que popularizaría más tarde el psicoanálisis.
Ninguna época ha estado libre de prejuicios y el siglo XIX tampoco, pero hacia finales de ese siglo se fue reconociendo la necesidad de conocer mejor los hechos que fundamentaban los valores dominantes. Y en este marco apareció la Psychopathia Sexualis del doctor Richard von Krafft-Ebing (1840 - 1902), publicada por primera vez en 1886, en Viena, para un público culto y pudoroso, hasta el punto de que se optó por describir las "psicopatologías sexuales" en latín con el objeto de disuadir cualquier curiosidad indebida. Sin embargo, esa ocultación no disminuyó el interés lúdico por el texto, y muy pronto las descripciones fueron difundidas sin permiso del autor en la lengua del común, pasando a engrosar el pintoresco catálogo de los ingenios afrodisíacos. Y con independencia de las teorías en discusión, era ya obvio que las formas "desviadas" de sexualidad despertaban de la gente, probablemente porque nadie es completamente ajeno a ellas.
Richard von Krafft-Ebing consideraba -al estilo de la época- que la sexualidad no reproductiva era generalmente perversa y contribuía a formas de degeneración hereditarias. Una opinión sin fundamento que secularizaba antiguas amanazas: el pecado tal vez ya no llevaba al infierno -o tal vez sí- pero en todo caso contribuía a la degradació física o moral de las personas y de sus descendientes; en el límite a la degeneración de los pueblos, de las razas, de las especies. Algún día tendrà que hacerse la historia de las insensateces que han intentado acogerse a la teoría evolucionista de Darwin. Sin embargo, aunque Krafft-Ebing estuviese influido por aquellos desafueros, fue un hombre fiel a los hechos en su práctica profesional y eso confiere respetabilidad a un médico. Por ejemplo, rectificó varias veces sus opiniones sobre la homosexualidad, que definió primero como un anomalía evolutiva y ya poco antes de su muerte como una evolución diferencial. Es decir, se mostró capaz de reconsdierar sus opiniones y presentar el resultado de sus trabajos sin dejarse influenciar demasiado por los inquisidores de guardia.
Por lo demás, es recordado por haber enriquecido el catálogo de las "perversiones" con algunos tipos que hoy se consideran clásicos, como el fetechismo, el sadismo o el masoquismo. Aunque sorprenda que esas prácticas no se hubieran incorporado antes al repertorio de las perversiones. El hecho mismo de que apenas se disponga de denominaciones tradicionales o de obras clásicas que las identifiquen con cierto detalle ya resulta sospechoso. Krafft-Ebing optó por denominarlos inspirándose en la obra del Marques de Sade (1740-1814) y en la de Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), es decir, en obras relativamente modernas. Y acuñó así dos términos que han hecho fortuna: el sadismo a partir de Sade, y el masoquismo a partir de Sacher-Masoch. Significativamente, fuera del ámbito científico, las personas aficionadas a ese tipo de sexualidad también se han sentido en la necesidad de improvisar un término que designe sus preferencias: el BDSM, que agrega las iniciales de Bondage, Disciplina, Dominació-Sumisión y Sado-Masoquismo... curiosísima solución para una opción erótica: estaríamos ante el primer "pecado" conocido por un acrónimo o, si se prefiere, ante el primer placer bautizado por un médico. Una conclusión òbviamente inaceptable: nada tiene una antigüedad más venerable que nuestra inclinación al pecado.
Bien es cierto que el conocimiento progresa generando nuevos términos y nuevos conceptos de especificidad y precisión crecientes. En este sentido, la "inmundicia" o la "molicie" de Santo Tomás no son equivalentes a nuestro autoerotismo o a nuestra masturbación, ni los sodomitas son equivalentes a los homosexuales: los nuevos términos suelen reflejar la evolución de los conceptos y de los valores. Pero en el caso del sado-masoquismo cuesta rastrear esa evolución; perece que se haya producido una ruptura léxica que impida remontarse a los orígenes. No sólo falta una denominación tradicional, falta también el marcador más característico cuando se rastrean comportamientos considerados perversos: falta la explicitación del estigma, falta su reiteración enfática. Nuestros cristianos, tan quisquillosos en materia de sexualidad, parecen no haber reconocido lo que hoy denominamos sado-masoquismo, y se ha necesitado la llegada de un médico a la mazmorra para observar el fenómeno y ponerle nombre. Un descuido demasiado abultado para ser verosímil. Habrá que volver sobre el tema.
Continuarà
sábado 28 de julio de 2007
Introducción a la cadena perpetua: Prolegómenos a una filosofía en la mazmorra
Se miraron un día la muerte y la voluptuosidad
y sus dos rostros eran uno solo
Inscripción latina en una fuente
recogida por D'Annunzio, Le Vergini delle Rocce
En algún momento de nuestra prehistoria constitucional escuché a Pere Portabella hablar de cine, y entendí que nos esperaba un futuro apasionante: hacía falta eliminar la represión y dejar que brotase la creatividad, pero sin prejuicios, aceptando incluso las aportaciones del cine americano... y es que de jóvenes fuimos muy generosos. Luego, en Cataluña, se abrió un largo paréntesis en el que se hicieron películas raras y algunas producciones sobre la historia local. El esfuerzo fue a veces meritorio pero no suficiente, y el cine catalán pasó a engrosar la nómina de los sectores subvencionados, junto a las prótesis traumatológicas y la gastronomía política. Así, algunos derrotistas llegaron a dudar de nuestra capacidad creativa, pero hemos superado aquella crisis de confianza. Y hoy sabemos que la industria cinematrográfica catalana es capaz de producir, como mínimo, culebrones para la clase media y pornografía para todos. Además, los expertos afirman que nuestros productos de la gama tórrida pueden ser competitivos; se dice que las películas pornográficas made in l'Hospitalet estan penetrando en los mercados asiáticos más exigentes, superando las dificultades que presenta la traducción de los briosos diálogos de nuestros guionistas. También se dice que el mercado de los teléfonos móviles y otros equipos ligeros de telecomunicaciones está abriendo nuevas oportunidades a la industra en el segmento de los "microcortos" o "video instantáneas" (una eyaculación, el detalle de una felación...) sea para visionado en solitario o en linea, emoticón o annexo a un sms.
El asunto tiene miga y este año asistiré al Festival Internacional de Cinema Eròtic de Barcelona , el próximo mes de octubre, aunque sólo sea para rehacerme de los fastos del catalanismo simbólico en la Feria de Frankfurt. Por lo menos, la movida del erotismo le sale baratita al contribuyente. Además crea riqueza y puestos de trabajo, e intuyo que los éxitos empresariales anuncian nuevas posibilidades de embrollo para regocijo del respetable. Incluso podría producirse un amago de reconocimiento cultural. Como muestra un botón: en una obra reciente de divulgación científica se cita de forma breve pero significativa a José María Ponce (director de Vivir follando o Perras callejeras) porque afirmó que el sadomasoquismo es la forma de erotismo más intelectual. Garcia Leal, asesor científico de Cosmocaixa, que ha rescatado esta cita entre el silencio de los intelectuales, añade: "Estoy de acuerdo [con José María Ponce], porque una conducta sexual tan absurda y retorcida difícilmente puede ser la expresión de un instinto animal [...] Desde la perspectiva evolucionista, el sadomasoquismo sólo puede contemplarse como la mayor de las aberraciones, la máxima expresión de hasta qué punto la cultura puede pervertir la biologia. La líbido, reitero, es fundamentalmente un instinto reproductor y no un instinto depredador". (La conjura de los machos, Barcelona, 2005, págs. 269 y ss.). Más adelante se matiza distinguiendo entre un sadomasoquismo "genuino" y otro "light", el primero se presenta como una inclinación al placer sexual lesivo (¿y forzado?); el otro como un juego de rol estrafalario y morboso. Pero remachando que "... el sadomasoquismo como "parafilia" [...] de carácter sexual no existe fuera del mundo civilizado." Ahí es nada, como quién no quiere la cosa, García Leal insinua que la civilización constituye ese estadio del desarollo humano en el que surge el sadomasoquismo...
Y en cumplimiento de las ordenanzas aun vigentes, Garcia Leal fustiga al puritanismo como causante de las prácticas sadomasoquistas. Una jugada redonda, porque identifica a un enemigo externo ya casi inexistente (el puritanismo), al que se opondría una alianza de la ciencia y del progreso... ¡un nuevo amanecer! Aunque en el redondeo se dejen algunos cabos sueltos: quedan por ver las relaciones del sadomasoquismo con las voluptuosidades del poder, quedan por ver sus relaciones con el erotismo del sacrificio, quedan por ver sus relaciones con la religión y, específicamente, con la exalatación mística, quedan por ver los fundamentos bioqímicos de esos comportamientos y, por si fuera poco, es discutible que no existan relaciones entre la sexualidad y el poder en otras especies animales... En definitva, queda por demostrar que el origen del sadomasoquismo sea "intelectual" o "cultural; incluso queda por ver que tengamos una definición aceptable de esos comprotamientos sobre los que andamos dictaminando. Es más, éste es seguramente el problema conceptual básico: no siempre estamos hablando de lo mismo y, a veces, apenas sabemos de lo qué estamos hablando. Pero una cosa sí está a la vista: en estos asuntos, el deseo ansioso de moralizar nos hace decir cualquier cosa de forma taxativa.
Ver la imagen de la Villa de los Misterios de Pompeya a continuación
El texto de la nota sigue después de la imagen
domingo 22 de julio de 2007
Las relaciones entre el sometimiento sexual y la violencia, empezando por la guerra, se han documentado en todo tipo de culturas y tienen una antiguedad que se pierde en la noche de los tiempos, desde la esclavitud y el rapto de mujeres hasta las recientes violencias sexuales en Bosnia o en Irak. De hecho, la violencia sexual en situaciónes de guerra ha alcanzado en ocasiones dimensiones apocalípticas, como en la Segunda Guerra Mundial, cuando sólo la entereza de cientos de miles de mujeres, particularmente alemanas, evitaron la generación de unos agravios ingobernables. No negamos que la líbido sea un instinto reproductor pero debemos constatar que no se expresa siempre con amabilidad. Resulta incuestionable la existencia de pulsiones dominantes asociadas a la sexualidad. Y estas pulsiones no deben confundirse con la práctica normalizada del sadomasoquismo -ni "genuino" ni "light"- porque falta la busqueda consensuada del placer, pero sí señalan que la relación entre la sexualidad y la depredación no pueden descartarse sin aportar más datos y más argumentos.
Y en todo caso, los datos disponibles no permiten explicar el sadomasoquismo como un producto de la cultura puritana. Un texto nada sospechoso de puritanismo, como el Kama Sutra de Vatsyayana (recopilado entre el s. I y el VI dC), dedica una atención considerable a mordiscos y arañazos, elevándolos al rango de pequeñas perlas amatorias o, como mínimo, de condimentos aconsejables: catorce exquisiteces para adornar una sexualidad que honra a las divinidades, siete maneras de arañar, siete maneras de morder, que culminan en un mordisco intenso que debe dejar marcada a la mujer para que recuerde a su hombre. Este ejemplo tal vez se ajuste a lo que Garcia Leal denomina sadomasoquismo "light", pero probablemente ni él lo consideraría un "juego estrafalario y morboso", ni una reacción al puritanismo, ni algo totalmente ajeno a la asociación entre la voluptuosidad y dolor, ni algo totalmente desconocido en las relaciones de pareja "normales"...
El deseo tiende a generar relaciones polares y no igualitarias, y esa polaridad presupone una distribución desigual del poder o, si se prefiere, una distribución desigual de los distintos poderes en juego. Su ilustración gráfica debiera inspirarse más en el átomo que en la balanza. En todo caso, es demasiado obvio que el poder puede ejercerse de forma consensuada o forzada, con violencia explícita o sin ella, con dolor físico o sin él. Es más, esas relaciones de poder pueden ser inequívocas o ambivalentes, pueden estar fijadas con cierta estabilidad o ser intercambiables y no sólo aparecen asociadas a los placeres laicos sino tambien a los placeres religiosos. Aunque su arquetipo parece religioso, de entrega total, de soberanía total. Lo que resulta extraño es que se hable tanto de sexualidad sin tener en cuenta sus relaciones con el poder. Las estructuras y sus jerarquías se han organizado alrededor de nuestros deseos de alimentos, de sexo y de sus sucedáneos.
Si quedara cultura clásica podría aludirse al rapto de la sabinas, un mito fundacional de Roma en el cual unas mujeres raptadas por los romanos reclaman la paz entre sus raptores y sus familiares dispuestos a vengar la afrenta; incluso podría recordarse el amor entre el emperador Adriano y Antinoo, un chaval -posiblemente esclavo- al servicio del emperador, del que Adriano se enamoró hasta darle una relevancia que concitó envidias asesinas. En fin, aunque algún autor de la Roma puritana despreciase la lujuria de los etruscos, que practicaban formas de flagelación erótica o ritual, es más que probable que Roma los superase también en este ámbitos. Pero no vamos a seguir por ahi, son datos inmorales e inútiles. La voluntad moderna de progreso no puede quedar obstaculizada por leyendas o conjeturas y ya ha movilizado los saberes del almanaque y la catequesis contra la perversión...
Ver la imagen de La tomba de la fustigatzione al pie de esta nota
Continua en la nota 2
Walt Whitman: Canto a ella misma
Lo corriente y lo tosco,
lo cercano y lo fácil soy yo misma.
Voy hacia mi suerte,
me ofrezco entera sabiendo que gano siempre la partida
y me adorno para entregarme al primero que me llame.
No le digo al cielo que descienda hasta mí.
Soy yo la que me doy, libre y sin cesar.
...
Pablo Neruda: La pregunta
te ha destrozado.
Yo he regresado a ti
desde la incertidumbre con espinas.
Te quiero recta como
la espada o el camino.
Pero te empeñas
en guardar un recodo
de sombra que no quiero.
Amor mío,
compréndeme,
te quiero toda,
de ojos a pies, a uñas,
por dentro,
toda la claridad, la que guardabas.
Soy yo, amor mío,
quien golpea tu puerta.
No es el fantasma, no es
el que antes se detuvo
en tu ventana.
Yo echo la puerta abajo:
Yo entro en toda tu vida:
vengo a vivir en tu alma:
tú no puedes conmigo.
Tienes que abrir puerta a puerta,
tienes que obedecerme,
tienes que abrir los ojos
para que busque en ellos,
tienes que ver cómo ando
con pasos pesados
por todos los caminos
que, ciegos, me esperaban.
No me temas,
soy tuyo,
pero
no soy el pasajero ni el mendigo,
soy tu dueño,
el que tú esperabas,
y ahora entro
en tu vida,
para no salir más,
amor, amor, amor,
para quedarme.
Julia Prilutzky: Quiero llevar tu sello
estar marcada
como una cosa más entre tus cosas.
Que las gentes murmuren: allá pasa,
allá va feliz, la señalada,
la que lleva en el rostro
esa antigua señal de risa y lágrima,
la cabellera derramada y viva,
toda ella una antorcha y toda llama,
musgo de eternidad sobre sus hombros
resplandeciendo así, como una lámpara.
A mis pies, un rumor de muchedumbre
se irá abriendo en canal, como una calle.
No me importa que digan:
esa mujer que escapa como ráfaga,
que no ve fuera de su sangre, nada,
que ya no escucha fuera de sus voces,
que no despierta sino entre sus brazos,
que camina sonriendo;
esa mujer que va segando el aire,
la boca contra el viento,
le pertenece toda como un libro,
como el reloj, la pipa o el llavero.
Como cualquier objeto imprescindible
que es uno mismo a fuerza de ser nuestro.
Quiero que todos sepan que te quiero:
deja tu mano, amor, sobre mi mano.
Sobre mi corazón, deja tu sello.
Julia Prilutzky: Dile que no tema, amor
que estoy a su lado como el aire,
como un cristal de niebla o como el viento
que se aquieta la tarde.
Dile que no me huya, amor, y dile
que no me vuelva a herir, que no me aparte,
que soy el brillo húmedo en sus ojos
y el latido en su sangre.
Dile que no me aleje, amor, y dile
que yo soy el umbral de su morada,
el agua de su sed
y aquel único pan para su hambre,
Dile que no se oculte, amor, y dile
que ya no tengo rostro ni señales
de haber vivido antes de quererme.
De haber vivido, antes.
Dile que no recuerde y dile
que no respire, amor, sin respirarme.














